Charlaba hace unos días con unos antiguos alumnos y vino a colación el desconocimiento actual de la mitología griega, con todo lo que tiene de pérdida cultural e incluso de referencia ética y emocional. Otro tanto sucede con la Historia Sagrada, cuyo conocimiento es un valor en sí mismo, para creyentes y no creyentes, la Historia —a secas, no la Memoria esa que nos quieren imponer—, los clásicos de la Literatura, etc.
Este empobrecimiento conduce, por ejemplo, a que un paseo por el Museo del Prado no deje la menor huella en la corteza cerebral de la mayoría de sus visitantes, y eso dando por imposible la impronta espiritual, afectiva o sensible, que muchos de los que por allí deambulan no son más que trozos de carne con ojos. Cuando esos mastuerzos contemplan a una bella figura femenina no son capaces de distinguir si se trata de Venus, la virtud de la prudencia, Dalila o la musa de la música. Se quedan en el virtuosismo técnico, pero no olvidemos que una cosa es ser buen pintor y otra un genio. La genialidad no la da el dominio del oficio, sino la capacidad de transmitir ideas o narrar acontecimientos en una imagen. Así, los colores, las formas, los animales o las posturas forman parte de un lenguaje que se está perdiendo poco a poco.
Y hablando de genialidad, tengo que recomendar vivamente la exposición temporal sobre Antonio Raphael Mengs que ha preparado el Museo del Prado. ¡Magnífica! Por la recopilación de obras mostradas y por su hilo argumental. Qué buena la anécdota del fresco que pintó, imitando a uno clásico, con el fin de dejar en evidencia la falsa erudición de un arqueólogo de la época. Algo así deberíamos hacer con nuestros catedráticos de promoción interna...
Pues bien, en el Olimpo reside un dios menor llamado Príapo, símbolo de la fecundidad, que se representa dotado de un enorme falo en perpetua erección. Aunque no son pocas las explicaciones de su deformidad, una de ellas se relaciona con un castigo impuesto como escarmiento a su rijosidad.
Fuere como fuere, la hipertrofia de este dios griego desata la misma hilaridad que los curricula de muchos "investigadores" de nuestros días, asiduos de paraninfos, congresos y saraos de entrega de galardones, aunque menos dados a pisar las aulas: cientos de artículos, comunicaciones a congresos, presidencias de comités, premios, etc. que les sirven de ornamento para ocultar su necedad. En fin, un priapismo enfermizo que evidencia la impostura de nuestra universidad.
Einstein —que era un genio como Mengs, aunque en otra disciplina— solamente publicó 25 artículos en toda su vida. Sin embargo, estos cretinos, ni aupándose en todos sus irrelevantes papers le llegarían a la suela del zapato. Sólo les queda la condena de cargar eternamente con su extravagancia.
