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jueves, 5 de febrero de 2026

Priapo y los currículums académicos

Charlaba hace unos días con unos antiguos alumnos y vino a colación el desconocimiento actual de la mitología griega, con todo lo que tiene de pérdida cultural e incluso de referencia ética y emocional. Otro tanto sucede con la Historia Sagrada, cuyo conocimiento es un valor en sí mismo, para creyentes y no creyentes, la Historia —a secas, no la Memoria esa que nos quieren imponer—, los clásicos de la Literatura, etc.

Este empobrecimiento conduce, por ejemplo, a que un paseo por el Museo del Prado no deje la menor huella en la corteza cerebral de la mayoría de sus visitantes, y eso dando por imposible la impronta espiritual, afectiva o sensible, que muchos de los que por allí deambulan no son más que trozos de carne con ojos. Cuando esos mastuerzos contemplan a una bella figura femenina no son capaces de distinguir si se trata de Venus, la virtud de la prudencia, Dalila o la musa de la música. Se quedan en el virtuosismo técnico, pero no olvidemos que una cosa es ser buen pintor y otra un genio. La genialidad no la da el dominio del oficio, sino la capacidad de transmitir ideas o narrar acontecimientos en una imagen. Así, los colores, las formas, los animales o las posturas forman parte de un lenguaje que se está perdiendo poco a poco.

Y hablando de genialidad, tengo que recomendar vivamente la exposición temporal sobre Antonio Raphael Mengs que ha preparado el Museo del Prado. ¡Magnífica! Por la recopilación de obras mostradas y por su hilo argumental. Qué buena la anécdota del fresco que pintó, imitando a uno clásico, con el fin de dejar en evidencia la falsa erudición de un arqueólogo de la época. Algo así deberíamos hacer con nuestros catedráticos de promoción interna...

Pues bien, en el Olimpo reside un dios menor llamado Príapo, símbolo de la fecundidad, que se representa dotado de un enorme falo en perpetua erección. Aunque no son pocas las explicaciones de su deformidad, una de ellas se relaciona con un castigo impuesto como escarmiento a su rijosidad.

Fuere como fuere, la hipertrofia de este dios griego desata la misma hilaridad que los curricula de muchos "investigadores" de nuestros días, asiduos de paraninfos, congresos y saraos de entrega de galardones, aunque menos dados a pisar las aulas: cientos de artículos, comunicaciones a congresos, presidencias de comités, premios, etc. que les sirven de ornamento para ocultar su necedad. En fin, un priapismo enfermizo que evidencia la impostura de nuestra universidad.

Einstein —que era un genio como Mengs, aunque en otra disciplina— solamente publicó 25 artículos en toda su vida. Sin embargo, estos cretinos, ni aupándose en todos sus irrelevantes papers le llegarían a la suela del zapato. Sólo les queda la condena de cargar eternamente con su extravagancia.



jueves, 2 de mayo de 2024

Sexenios de cartón piedra, tecnología educativa y honestidad

En el mundillo universitario hablamos de sexenios para referirnos al reconocimiento de un tramo de investigación de seis años, que tiene efectos económicos (unos 120€ brutos al mes) y, sobre todo, promocionales: ascenso en la carrera profesional, descarga académica, etc.

La CNEAI (Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora), dependiente de la ANECA, es el órgano encargado de realizar la evaluación de la actividad investigadora de los profesores universitarios y del personal de las escalas científicas del CSIC, y para ello fija unos criterios que, básicamente, atienden al peso más que a la calidad. La reiterada denuncia de las picardías que se acostumbran a llevar a cabo para inflar el currículum ha forzado a modificar ligeramente esos criterios, pero sin abordar el fondo del tema. En definitiva, ¿quién se va a leer todo lo que se publica para juzgar con fundamento? Como ya conté en otra ocasión, hoy en día Einstein no sería catedrático en la universidad española.

En el colmo del paroxismo, se inventaron los sexenios de transferencia con el fin de premiar la transferencia de conocimiento a la sociedad, lo cual resulta insólito si pensamos que el objetivo principal de un profesor es transferir conocimiento a sus alumnos. En realidad, lo que sucede con más frecuencia de la deseada es que a más sexenios menos enseñanza, ya que el que está en publicar papers no suele dedicar mucho tiempo a la docencia, o lo que es peor, ni siquiera se sabe la lección.

Sí, amable lector: ¡grandes sorpresas nos llevaríamos si examináramos a los catedráticos de las materias que imparten! Quizá la ANECA debería empezar por ahí y luego ya, si eso, pesamos los papers. En este sentido, le invito a leer las hazañas de Juan Manuel Corchado, candidato a rector de la Universidad de Salamanca. La serie que le ha dedicado El País confirma que el problema esencial de la universidad española es la honestidad, y esa no la puede medir la CNEAI. Por cierto, según he leído Corchado es experto en Ciberseguridad, Bioinformática, Sistemas Inteligentes y Tecnología Educativa, y miembro de sociedades médicas, farmacéuticas, enológicas, etc. ¡Ahí es nada!

Saber de todo no es sencillo. En mi modesta opinión, la Ciberseguridad y la Inteligencia Artificial sólo tienen en común el computador que las soporta, pero, en cuanto a áreas de conocimiento, me parecen muy distantes. ¿Cómo es posible que alguien las domine a la vez y, además, sepa de vino, de cáncer y de aspirinas? Para mí, esto es un misterio.

Con todo, lo que más me llama la atención es que Corchado sabe de Tecnología Educativa. Esto ya sí que me parece absolutamente admirable. ¿Pero es que este hombre tiene tiempo para dar clase? Y aquí es donde entra en juego el cartón piedra, que ya sabemos que se usa para los decorados.

En los últimos años han proliferado como setas los congresos de tecnología e innovación educativa: EDUTEC, CINTE, CUIEET, FECIES, EIDU... Estas reuniones representan una oportunidad insoslayable para esos badulaques (y "badulacas", que de todo hay) que habitan, cada vez en mayor número, las Escuelas Técnicas y que aspiran a obtener su sexenio sea como sea. Puesto que saber de Electrónica, pongamos por caso, es difícil, siempre podemos medrar como expertos en innovación de la enseñanza de la Electrónica Digital a través de las nuevas tecnologías, los vídeos y las píldoras educativas. Así, sustituimos la tecnología por el uso del computador, y el conocimiento por el cartón piedra, y todos contentos.

Lo mismo ocurre en otros ámbitos con sesudos estudios sobre el criptolenguaje en el teatro bengalí o la consciencia de la sepia. No es coña. Y no reproduciré aquí los títulos de algunas de las tesis doctorales defendidas en los últimos meses en la UAH para no herir sensibilidades, algunas con dos y hasta tres codirectores.

Al final, esta sociedad igualitarista exige cortar a todos por el mismo patrón, para que nadie se moleste, de manera que cada cual pueda exhibir su sexenio, aunque sea de cartón. Por otra parte, como vivimos inmersos en un idealismo cartesiano en el que cada uno invoca "su realidad", tenemos prohibido apelar al fundamento sustancial de las cosas para juzgarlas con prudencia y lo único que nos queda, para cuantificar la calidad, es el platonismo de los números: si los papers "pesan" o "miden" tanto es que se asemejan al arquetipo del conocimiento. Padecemos tal hipnosis por lo cuantificable que le hemos atribuido el calificativo de objetivo. Así, la estadística se usa para representar "evidencias objetivas", obviando que una cosa es la realidad y otra muy distinta la imagen de ella que nos ofrece la "cocina" de los datos.

Hace falta honestidad. Y eso no se mide, pero se nota. Investigar es buscar la verdad, pero, ¿qué clase de verdad se puede alcanzar mintiendo? Porque inflar el currículum con autocitas, perfiles falsos, papers irrelevantes y sexenios de cartón piedra es mentir. Mentir a los demás, pero sobre todo, y esto es lo más triste, mentirse a uno mismo.

Erudito de cartón piedra


jueves, 13 de octubre de 2022

¡Neopedagogos! A ver si os enteráis: el hombre no ha cambiado

Estoy terminando de leer la autobiografía de Agustín de Hipona, nacido en Tagaste, cerca de Cartago, en 354, y considerado el máximo pensador del primer milenio, al que debemos importantes aportaciones sobre filosofía, ética, teología, el concepto del tiempo, la naturaleza de la memoria, etc. En su juventud fue maestro de gramática y retórica, y es aquí donde quiero detenerme.

Dice Agustín de sí mismo que cuando era niño “[…] no gustaba yo de las letras y odiaba el que me urgiesen a estudiarlas. Con todo, era urgido y me hacían gran bien. Quien no hacía bien era yo, que no estudiaba sino obligado […]” (Confesiones 1,12,19). Es decir, a nuestro famoso pensador hubo que forzarle a estudiar, porque no basta con tener talento.

Más tarde cuenta que, sintiéndose frustrado, decide ir a Roma, la Nueva York de la época, y explica sus motivos así: “[…] mi determinación de ir a Roma no fue por ganar más ni alcanzar mayor gloria, como me prometían los amigos que me aconsejaban tal cosa —aunque también estas cosas pesaban en mi ánimo entonces—, sino la mayor causa, y casi sola, era oír decir que los mancebos que estudiaban en Roma eran más quietos y más bien disciplinados, porque no entraban en tropel en la escuela de otros maestros, ni eran admitidos por ellos sin licencia del suyo. Todo lo contrario de lo que se hacia en Cartago, adonde los estudiantes son descorteses y mal criados, entran desvergonzada y furiosamente y turban la orden que los maestros tienen puesta a sus discípulos para que aprendan mejor; hacen mil agravios con poco seso, que por las leyes deberían ser castigados, si la costumbre no los excusase; la cual muestra que ellos son tanto más miserables cuanto, por costumbre, más se les permite lo que por vuestra eterna ley nunca les será lícito; y piensan que no hay castigo en lo que hacen, siendo su castigo la ceguedad con que lo hacen y, sin comparación, mayores son los males que padecen que no los que hacen. De manera que las costumbres que siendo yo estudiante no quise seguir, después siendo maestro era forzado a sufrirlas en los otros. Y por eso me agradaba el ir a parte donde todos los que lo sabían me decían que no había tales costumbres.” (Confesiones 5,8,14).

Agustín está harto de aguantar indisciplina y falta de respeto y, por eso, se traslada a Roma, con la esperanza de conseguir mejores estudiantes. La disciplina es fundamental a la hora de enseñar. Hoy, ayer y siempre. No me quiero olvidar de la advertencia a los insubordinados: mayores son los males que padecen que los que hacen.

Ya en Roma, nos cuenta “[…] al punto advertí con sorpresa que los estudiantes de Roma hacían otras travesuras que no había experimentado con los de Cartago. Porque si era verdad, como me habían asegurado, que aquí [Roma] no se practicaban aquellas trastadas de los jóvenes perdidos de allí [Cartago], también me aseguraban que aquí los estudiantes se concertaban mutuamente para dejar de repente de asistir a las clases y pasarse a otro maestro, con el fin de no pagar el salario debido, faltando así a su fe y teniendo en nada la justicia por amor del dinero.” (Confesiones 5,12,22).

Pensemos ahora que todo esto pasa alrededor del año 400, es decir, hace más de 1.600 años. Es evidente que el hombre no ha cambiado nada. Dejémonos de vender la innovación pedagógica como la poción mágica que promete aprender sin esforzarse. No, la ciencia infusa no existe: los profesores tenemos que dar clase y los alumnos tienen que estudiar, aunque lo odien. Y la indisciplina no es naturalidad, sino falta de respeto.

Otro día, quizá, me detenga a hablar de la idea de la memoria según Agustín de Hipona o sobre su concepto del espacio-tiempo, que, para Roger Penrose, se adelantó 1.500 años a Albert Einstein.


Bibliografía:

- San Agustín, Confesiones, Austral, 2017. Traducción de Pedro Ribadeneyra
- Traducción online de Ángel Custodio Vega Rodríguez, revisada por José Rodríguez Díez: https://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/index.htm




lunes, 21 de octubre de 2019

Articulitis

Mi padre suele guardarnos recortes de periódico que tienen relación con las disciplinas o los intereses que cultivamos cada cual. Así Bea se encuentra con artículos sobre construcción naval, Rocío acerca de sumillería, Nieves sobre tipografía y yo no me pierdo cumplida información de los últimos premios Nobel de Física.
Leía, pues, el suplemento de ciencia en cuya portada sonreían los premiados físicos y, ya puestos, me tragué la propaganda de relleno que pagan algunos grupos de investigación patrios para presumir. Varias veces me han ofrecido hueco en esas páginas a tanto la palabra pero he rehusado la “generosa” invitación pues no tengo ni dinero ni nada de qué presumir.
La cosa es que me topé con un director de grupo de investigación que proclamaba ufano ser autor de más de 250 artículos de investigación publicados en revistas internacionales indexadas. ¡Qué machote! Si hubiera trabajado 50 años saldría a 5 artículos por año... Sencillamente imposible para una única persona. Albert Einstein publicó 5 en 1905, su annus mirabilis, y nunca más repitió semejante gesta.
Para los legos en la materia explicaré que hoy en día la carrera de un profesor universitario depende íntegramente de que publique artículos de investigación en revistas indexadas, es decir, en revistas de alta calidad y acceso mundial. Esto significa, evidentemente, que la docencia no importa casi nada, es más, se percibe como una pérdida de tiempo. Si nos quejamos del nivel de nuestra universidad aquí encontraremos una causa.
¿Por qué se valora solamente la publicación de artículos? No creo que la explicación sea sencilla pero en mi opinión hemos llegado a este punto de la mano de dos errores conceptuales. El primero es considerar que lo cuantificable es lo único objetivo. El corolario es inmediato: a más artículos más investigación y de ahí, en otra falsa pirueta intelectual, concluimos que a más investigación más calidad educativa. Expresado así creo que resulta palmaria la trampa: lo importante no es la cantidad de artículos sino qué dicen esos artículos. Así lo ve la Justicia, que hace poco más de un año en el Tribunal Supremo sentenciaba que hay que “leer los trabajos para acreditar los méritos de investigación en la Universidad”, es decir, que no vale con contabilizarlos.
Ahora bien, ¿quién se va a leer los trabajos de más de 100.000 profesores universitarios? O mejor, ¿quién está en disposición de evaluar su mérito? Y aquí es dónde opera el segundo error que consiste en establecer la competencia como mecanismo para poner de manifiesto la calidad a imagen de lo que hace el mercurio agregando las pepitas de oro. Se somete a los artículos a la revisión de “árbitros” internacionales expertos en la materia y se concede dinero para elaborar esos trabajos al que pueda acreditar capacidad de publicarlos... y, poco a poco, se tejen madejas de intereses, guetos en los que prosperan unos pocos. Aparecen señores feudales que dirigen grupos numerosos y firman todo lo que se publica, cual derecho de pernada. Se crean revistas donde publican los amiguetes y, en definitiva, lo de la competencia se queda en un bonito decorado. Además de matar la originalidad porque se termina trabajando sólo dónde es “rentable”.
Las sucesivas leyes universitarias han sometido al sistema a una especie de campo magnético que desvía a sus actores de su fin natural que es la búsqueda de la verdad y la docencia atrayéndoles al polo de la publicación de artículos. Los políticos han conseguido que seamos una potencia mundial en cantidad de artículos científicos pero nuestra universidad no enseña... Algo falla.
Einstein publicó unos 25 artículos en toda su vida. Hoy no conseguiría plaza en la universidad española.

revistas

Acerca de la sentencia de Tribunal Supremo referida más arriba, sugiero leer la opinión de Miguel Ángel Aníbarro aquí.

domingo, 2 de junio de 2019

Catedráticos de optativas

El sistema universitario español ha alumbrado un novedoso tipo de profesor: el catedrático de asignaturas optativas.
Las asignaturas optativas son aquellas que la universidad propone para que los alumnos escojan libremente completando su formación en temas especializados. La tasa de éxito en estas asignaturas siempre ha sido alta ya que el alumno va motivado y el profesor pone de su parte para que su oferta tenga demanda. Así pues, muchas veces "optativa" es igual a "maría", es decir, asignatura fácil que se supera con seguridad.
Como todos sabemos, los catedráticos son los profesores en el nivel más alto del escalafón. Cuando yo era estudiante (hace ya más de treinta años) los catedráticos nos daban clase en primero y segundo de carrera y luego en las especialidades, ya terminando los estudios. El motivo de impartir docencia a los "pardillos" supongo que tendría que ver con la intención de marcar el nivel de los estudios y "desbravar" a los novatos.
Hoy en día, en mi entorno, salvo honrosas excepciones, los catedráticos no pisan las aulas de los cursos bajos y rellenan sus escasas horas de docencia con asignaturas optativas que imparten a un puñado de alumnos.
Esto es la consecuencia lógica de un sistema universitario que prima la investigación como único mérito para progresar en la carrera profesional. La docencia no sirve para nada más que para hacer perder el tiempo al profesor que necesita a toda costa publicar artículos de investigación para ascender.
Si la docencia no sirve para nada, lo mejor es quedarse con una asignatura "maría", con pocos alumnos, en la que se cuenta algo relativo a la investigación del docente responsable de manera que le pueda proporcionar mano de obra barata que contribuya a su colección de artículos de investigación.
Resulta llamativa la abundante oferta de optativas que tienen algunas titulaciones. Todos los catedráticos de optativas quieren impartir la suya. Y así pasa, que algunos dan clase a un alumno, a dos, a tres... ¡Un chollo! Además, como son tan pocos, ¿para qué vamos a explicar algo? Que hagan un trabajo... y ya nos vemos el último día de clase.
Los catedráticos de optativas no dan clase en "primerillo" (como dice mi hija) pero están muy preocupados con la tasa de aprobados en los cursos bajos porque si suspenden muchos allá no les llegarán "clientes" a sus optativas y se les acabará el chollo. Entonces se dedican a presionar a los pobrecillos compañeros que están por debajo en el escalafón para que aumente su "desempeño académico" que es una manera cursi de decir que se apruebe a todo el mundo. Si ellos van a mandar un trabajo y a dar aprobado general, ¿qué más les da que los chicos sepan algo o no?
El catedrático de optativas es un ente sorprendente ya que lo sabe todo de nada. El ámbito de su "investigación" es ultra especializado y se cuentan por cientos sus artículos de investigación aunque no parece que la relevancia de los mismos alcance más que para adornar su ego. En la universidad española de nuestros tiempos ni Einstein ni Schrödinger ni Newton serían catedráticos... aunque felizmente gozaríamos de su sabiduría en primero y segundo de carrera.
¡Viva la investigación!


miércoles, 7 de junio de 2017

Vídeo-cápsulas educativas, ¿majadería o subterfugio?

Ayer escuché por primera vez esto de las “vídeo-cápsulas educativas” y me vino a la cabeza el libro de Ricardo Moreno Castillo titulado La conjura de los ignorantes en el que alerta del lenguaje hueco de la pedagogía como causa de los pésimos niveles de conocimiento de nuestros alumnos así como del fomento de su irresponsabilidad y mal comportamiento.
Nos advierte el autor de que las citas de los pedagogos que comenta en su libro pueden parecer de risa pero lamentablemente no lo son. Pues lo mismo digo yo: aunque lo de las vídeo cápsulas educativas puede parecer de risa no lo es. ¡Hay alguien que lo dice en serio!
¿Qué es una vídeo cápsula educativa? Por lo que he investigado, es un vídeo corto en el que se explica algo. Por ejemplo, aparece un gachó presentando a Albert Einstein como físico alemán de origen judío con una foto de fondo y un letrero sobreimpresionado en el que pone “teoría de la relatividad general”. A continuación, el gachó en cuestión lee de wikipedia lo que es dicha teoría y se despide de nosotros deseando que nos haya sido útil y pidiendo que le demos al “like”. ¡Vamos!¡El colmo de la innovación educativa!
Todo esto demuestra mi tesis de que poco a poco apartamos de nosotros la fastidiosa tarea de leer para pasar a formarnos a través del vídeo como ya comenté en la entrada “¿Volvemos a la Edad Media?”.
De la misma manera que para alimentar a nuestros hijos les damos alimentos variados y nutritivos y no píldoras, no entiendo por qué renunciamos a los buenos libros y confiamos en vídeos para formar a nuestros jóvenes. Creo que con los Teleñecos es más que suficiente.
Lo peor es que la propuesta de las vídeo-cápsulas se promueve en un departamento universitario que no es de un área de conocimiento relacionada con la pedagogía sino con la ingeniería. Y no sé cómo vamos a confiar en ingenieros formados a base de cápsulas educativas. Para más inri, todo esto ocurre mientras que, en el colmo de la cursilería, hemos empezado a llamar a la universidad espacio de educación superior. No parece muy “superior” ver como leen wikipedia en un vídeo cuando se puede estudiar un libro con la materia bien desarrollada y consultar a un profesor que domine la materia.
La verdad es que todas las patologías de la secundaria que describe Ricardo Moreno en su último libro empiezan a colonizar la universidad a velocidad de vértigo. Se nos han llenado los departamentos de expertos educativos y expertos en calidad... que, para colmo de males, nos imponen sus majaderías ante el estupor, la incredulidad e incluso el cabreo de los legos en el lenguaje hueco de la pedagogía.
¿Y cuál es la causa de esta rápida infección? En mi opinión, parte del problema está en que ser experto en tu área de conocimiento es arduo y requiere años de trabajo mientras que decirse experto en calidad educativa sólo requiere tener la cara dura. No en vano, existe una coincidencia  casi plena entre los que no se saben su asignatura y estos expertos... que descaradamente utilizan para sus cápsulas aquellos trabajos desarrollados por otros.

vídeo-cápsulas educativas