No han hecho falta ni 15 días para pasar de la gloria a la calamidad, de la euforia a la postración. Es lo que hay. Es lo que tiene la realidad.
El día 19 de julio Ferran nos hizo felices con su gol en el 106. Luego dijo eso de que lo habíamos marcado los 47 millones de españoles... y nos lo creímos. "España alcanza la eternidad" titulaba el ABC. Luego, las celebraciones. Dos millones de almas, banderas por doquier. Alusiones a la unidad, a la importancia de trabajar por el bien común: "un vestuario donde nadie se siente suplente, donde las estrellas trabajan como el último de la plantilla". Los políticos, sembradores de cizaña, agitadores del oprobio, callados. Saben que contra un mundial de fútbol poco pueden hacer. Hasta Gabriel Rufián se sentía feliz.
En el colmo del paroxismo, algunos vislumbraron el resurgir de la católica España porque Ferran aseguró que Dios le había hecho justicia, Luis de la Fuente que da gracias a Dios a diario y vimos a Lamine Yamal de rodillas en el césped. La siguiente imagen, que el 19 iba de móvil en móvil, me parece muy ilustrativa.
La cruz como telón de fondo del éxito. ¡Qué idea tan nociva! Y tan falsa. Los obispos se lo deberían hacer mirar cuando echan las campanas al vuelo (nunca mejor dicho) al ver gente joven en los actos del papa León XIV o llenando conciertos de Hakuna. ¿No les chirría que sea René Ponte el referente espiritual de nuestros días, mientras los curillas de parroquia mimetizan el mensaje del Evangelio con la Agenda 2030 a ver si pescan algún despistado?
Pero me he desviado. Perdón. Como decía, estábamos a un paso de volver a ser imperio, cuando los incendios de sexta generación nos han dado un tortazo de realidad y hemos vuelto a las andadas. Los políticos han tornado a lo que saben hacer, esto es, pelearse y dividirnos, en vez de gestionar.
Ahora toca apagar los fuegos, claro, pero lo malo es que el verano que viene volverán a arder los montes por la sencilla razón de que están llenos de combustible. Y esto lo llevo viendo desde hace años cada vez que hago alguna ruta, sea por donde sea. Los montes no se usan y no se desbrozan, y año tras año acumulan más y más combustible.
El responsable es el Gobierno de la Nación, que es quien tiene que gestionar lo de todos, y me parece cobarde e insensato apelar, verano tras verano, a un Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática, ese intangible tan manido como estéril. Que el clima cambia es consustancial a su naturaleza y, asumiendo que ya ha cambiado, algo habrá que hacer, con acuerdo o sin acuerdo.
Lo malo es que nuestros políticos, sean del color que sean, se encuentran más cómodos socorriendo que gestionando lo de todos. Prefieren conceder paguitas, a que seamos independientes económicamente. Les pone la rueda de prensa en el "centro de mando avanzado", pero les aburren las gestiones para que se limpie el monte. Disfrutan inaugurando una estación de AVE, pero no tienen fuerzas para licitar la revisión de las vías.
¿Y qué me decís de las emisiones de CO2? ¿Cuántas toneladas se han liberado en unos días por no tener el monte limpio?
Pues nada, que siga la fiesta...







