El pasado 3 de marzo se celebraron elecciones a rector en la Universidad de Alcalá y, tristemente, venció el clientelismo, esa práctica, según la RAE, basada en la obtención y mantenimiento del poder asegurándose fidelidades a cambio de favores y servicios.
Ya expliqué en mi última entrada cual es la situación: decenas (cientos, según algunos) de docentes que ostentan cargos retribuidos y liberados de docencia. Sinecuras sabrosas en las que se juega a gestionar sin asumir responsabilidades, pasatiempo remunerado exento de evaluación previa, y ejercicio vacuo de poder, que da puntos para promociones posteriores y sirve para fardar. ¡Un chollo!
El candidato electo es lo de menos, ya que se presenta el que decide la logia que gobierna en la sombra, pero en esta ocasión el bendecido ha sido Carmelo García Pérez. El flamante Magnífico Rector lleva 31 años ostentando cargos de la universidad que ahora dirigirá durante otros 6 más, tal y como establece la Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU). Para cuando finalice su mandato, habrá estado casi 40 años gobernando la institución. No parece que sea muy higiénico, pero demuestra que el objetivo es que no cambie nada, esto es, garantizar que la logia siga parasitando la universidad pública.
No obstante, la campaña ha sido una de las más animadas —si no la que más— en toda la reciente historia de la universidad. Además del bendecido Carmelo, se presentaron José Antonio Portilla, María Sarabia y María Jesús Such, contribuyendo a alentar una minúscula esperanza de cambio. Tengo que admitir que Portilla se lo ha trabajado, ha demostrado un gran dominio de los medios online y, lo más importante, ha conseguido hacer algunas propuestas serias. También tengo que reconocer su valor al denunciar la locura de los carguitos, hablar de su coste económico y comprometerse a erradicar esta práctica, sabiendo que eso iba a representar una rémora en su carrera el rectorado.
Con todo, el día de las votaciones, los dueños del cortijo contuvieron la respiración, pues parecía que Portilla podría llegar a la segunda vuelta. Las mesas estaban atestadas de "vigilantes", pendientes de que nada se les fuera de las manos, evidenciando un ínfimo talante democrático. Fíjese, amable lector, si les va la vida en el tema, que hasta algún jubilado del cortijo vino a controlar. Me han contado que en algunas mesas debieron de tocar a rebato, pues determinados colectivos vinieron a ejercer su derecho en bloque.
La propia institución contuvo la respiración durante semanas, expectante. Se notaba en la (poca) actividad diaria, en los (escasos) correos electrónicos, las insulsas noticias (como siempre)... Sin embargo, la vida ha regresado a la rutina previa, sabedores todos de que todo sigue igual. Quizá haya algún cambio de despacho, pero poco más. El impulso con el que Carmelo García ha vendido su candidatura, se ha desvanecido. Sólo era un empujón para no cambiar nada... o casi nada, que ya hay quien aboga por subir los complementos retributivos de los carguitos.
Ahora bien, a nadie se le escapa como termina la parasitación: con la muerte del huésped... y del parásito. Por eso, desde esta tribuna me atrevo a pedir a Portilla que no se deje vencer por el lógico desánimo y lidere la oposición durante estos 6 años.
Hemos cambiado de magnífico y deseamos lo mejor para el saliente, José Vicente Saz. Un mandato basado en el postureo, la imagen y la comunicación, pero sin sustancia alguna, como el propio personaje. Un mandato que será recordado por el premio Glovo —con el que se regaló un viaje by the face— , una ocurrencia estéril, materializada en un cachivache al que le debe de tener un gran afecto, pues en un vídeo reciente se le ve con una copia. Por mí, que se lo lleve de recuerdo.









