lunes, 27 de julio de 2026

Del campeonato mundial a la emergencia nacional

No han hecho falta ni 15 días para pasar de la gloria a la calamidad, de la euforia a la postración. Es lo que hay. Es lo que tiene la realidad.

El día 19 de julio Ferran nos hizo felices con su gol en el 106. Luego dijo eso de que lo habíamos marcado los 47 millones de españoles... y nos lo creímos. "España alcanza la eternidad" titulaba el ABC. Luego, las celebraciones. Dos millones de almas, banderas por doquier. Alusiones a la unidad, a la importancia de trabajar por el bien común: "un vestuario donde nadie se siente suplente, donde las estrellas trabajan como el último de la plantilla". Los políticos, sembradores de cizaña, agitadores del oprobio, callados. Saben que contra un mundial de fútbol poco pueden hacer. Hasta Gabriel Rufián se sentía feliz.

En el colmo del paroxismo, algunos vislumbraron el resurgir de la católica España porque Ferran aseguró que Dios le había hecho justicia, Luis de la Fuente que da gracias a Dios a diario y vimos a Lamine Yamal de rodillas en el césped. La siguiente imagen, que el 19 iba de móvil en móvil, me parece muy ilustrativa.

La cruz como telón de fondo del éxito. ¡Qué idea tan nociva! Y tan falsa. Los obispos se lo deberían hacer mirar cuando echan las campanas al vuelo (nunca mejor dicho) al ver gente joven en los actos del papa León XIV o llenando conciertos de Hakuna. ¿No les chirría que sea René Ponte el referente espiritual de nuestros días, mientras los curillas de parroquia mimetizan el mensaje del Evangelio con la Agenda 2030 a ver si pescan algún despistado?

Pero me he desviado. Perdón. Como decía, estábamos a un paso de volver a ser imperio, cuando los incendios de sexta generación nos han dado un tortazo de realidad y hemos vuelto a las andadas. Los políticos han tornado a lo que saben hacer, esto es, pelearse y dividirnos, en vez de gestionar.

Ahora toca apagar los fuegos, claro, pero lo malo es que el verano que viene volverán a arder los montes por la sencilla razón de que están llenos de combustible. Y esto lo llevo viendo desde hace años cada vez que hago alguna ruta, sea por donde sea. Los montes no se usan y no se desbrozan, y año tras año acumulan más y más combustible.

El responsable es el Gobierno de la Nación, que es quien tiene que gestionar lo de todos, y me parece cobarde e insensato apelar, verano tras verano, a un Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática, ese intangible tan manido como estéril. Que el clima cambia es consustancial a su naturaleza y, asumiendo que ya ha cambiado, algo habrá que hacer, con acuerdo o sin acuerdo.

Lo malo es que nuestros políticos, sean del color que sean, se encuentran más cómodos socorriendo que gestionando lo de todos. Prefieren conceder paguitas, a que seamos independientes económicamente. Les pone la rueda de prensa en el "centro de mando avanzado", pero les aburren las gestiones para que se limpie el monte.  Disfrutan inaugurando una estación de AVE, pero no tienen fuerzas para licitar la revisión de las vías.

¿Y qué me decís de las emisiones de CO2? ¿Cuántas toneladas se han liberado en unos días por no tener el monte limpio?

Pues nada, que siga la fiesta...


miércoles, 15 de julio de 2026

El bien común y la dirección académica

El panorama político actual o, por ser más concreto, la vergonzosa colección de escándalos que nos asolan, me llevaba, no sé por qué itinerario mental, al famoso concepto del bien común, que es el fin último de los que nos gobiernan... se supone.

En el cole me enseñaron que la acción política debe guiarse por la búsqueda de ese bien común, aunque, a pesar de su calificativo, no coincide siempre con el de la mayoría, ni siquiera con el de muchos. Así, es la búsqueda del bien común el motivo por el que una decena de vecinos de una aldea gallega tiene derecho a una buena conexión de telefonía móvil, por más que sean pocos o vivan en un lugar de difícil acceso.

Del ejemplo anterior, con el que todos estaremos de acuerdo, deducimos que el bien común no tiene que ver con intereses particulares, sino con algo superior e intangible que podríamos denominar dignidad humana. Y es en este punto donde las cosas de ponen difíciles: ¿qué es la dignidad humana? ¿hasta dónde llega? ¿qué le conviene a la dignidad humana? ¿es igual de digno un colaborador de la red de recuperación de alimentos que un terrorista?

No pretendo elaborar un tratado sobre el tema, pues ni soy competente en la materia ni es el lugar, pero sí creo poder afirmar que la suma de intereses particulares no contribuye a lograr un mundo mejor, sino todo lo contrario. O dicho en positivo, salir de los propios intereses para comprometerse con un bien superior, anclado en la dignidad de cada ser humano, es lo que mejora el mundo.

Como decía, no es nada fácil dilucidar cómo ha de llevarse a cabo la gestión pública del Estado, pues abarca todos los aspectos de la vida social. Ahora bien, el problema se simplifica bastante si nos centramos en alguna de sus partes. Veamos el caso de la universidad.

Por definición, la universidad es el espacio de educación superior cuyo fin es la búsqueda de la verdad y su transmisión. Como la verdad es muy amplia, se parcela en áreas de conocimiento de las que se encargan claustros de profesores adscritos a ellas. Se supone que estos profesores estudian, enseñan e investigan en común y que, fruto de su esfuerzo, se va descubriendo la verdad y se transmite a los alumnos. ¡Nada más lejos de la realidad!

Hace unos días, el profesor X se lamentaba de que en nuestra área de conocimiento no hay dirección académica, es decir, un conjunto de instrucciones acerca de los contenidos que les convienen a cada titulación, curso y asignatura, con el fin de presentar el corpus científico de una manera ordenada. Evidentemente, existen multitud de modos razonables y legítimos de desarrollar un saber, pero es bueno proponer una directrices con el objetivo de cubrir los temarios lo más completamente posible, hacerlos inteligibles y darle una cierta uniformidad y orientación a la docencia correspondiente.

La dirección académica no conculca el derecho a la libertad de cátedra, sino que tiene su fundamento en el bien común, ese que decíamos que rechaza el provecho particular y se compromete con la promoción de todos. Y en ese "todos" están los profesores y los alumnos, de ahí el nombre de "universidad", del latín "universitas", esto es "totalidad".

Sin dirección académica cada profesor explica lo que le viene en gana, se repiten contenidos, se eluden los más áridos y se desconectan las asignaturas. La triste realidad de nuestra universidad es que la mueven intereses particulares: los profesores sólo quieren publicar artículos impartiendo el menor número de clases posible, los alumnos sólo quieren aprobar y los gestores quieren vivir tranquilos en sus despachos gozando de sus prebendas.

Vivimos en una esquizofrenia galopante. El profesor X rechazó hace un año una proposición de dirección académica, sin argumentación convincente. El profesor X se dedica a investigar en un área de conocimiento que no es la suya. El profesor X no imparte clase de su área de conocimiento y afirma sin rubor que tiene otras cosas que hacer que dar clase... ¿Alguien me lo puede explicar?

El profesor X se suele amparar para justificar sus desatinos en razones prácticas: que si hay que comer, que si tengo miedo a los que mandan, que nunca las cosas han sido perfectas, que ya llegarán días mejores, que los alumnos vienen mal preparados, que para lo que me queda o para lo que me pagan... Pero ya sabemos que ni el utilitarismo de Hume ni el conformismo con el mal menor, traen el verdadero progreso, sino la búsqueda del bien común.

La corrupción no se propaga por culpa de los corruptos, sino por la connivencia de los buenecillos, que procuran su mezquino beneficio particular pescando en el río revuelto.


Erre que erre, denunciando que el rey va desnudo.