miércoles, 15 de julio de 2026

El bien común y la dirección académica

El panorama político actual o, por ser más concreto, la vergonzosa colección de escándalos que nos asolan, me llevaba, no sé por qué itinerario mental, al famoso concepto del bien común, que es el fin último de los que nos gobiernan... se supone.

En el cole me enseñaron que la acción política debe guiarse por la búsqueda de ese bien común, aunque, a pesar de su calificativo, no coincide siempre con el de la mayoría, ni siquiera con el de muchos. Así, es la búsqueda del bien común el motivo por el que una decena de vecinos de una aldea gallega tiene derecho a una buena conexión de telefonía móvil, por más que sean pocos o vivan en un lugar de difícil acceso.

Del ejemplo anterior, con el que todos estaremos de acuerdo, deducimos que el bien común no tiene que ver con intereses particulares, sino con algo superior e intangible que podríamos denominar dignidad humana. Y es en este punto donde las cosas de ponen difíciles: ¿qué es la dignidad humana? ¿hasta dónde llega? ¿qué le conviene a la dignidad humana? ¿es igual de digno un colaborador de la red de recuperación de alimentos que un terrorista?

No pretendo elaborar un tratado sobre el tema, pues ni soy competente en la materia ni es el lugar, pero sí creo poder afirmar que la suma de intereses particulares no contribuye a lograr un mundo mejor, sino todo lo contrario. O dicho en positivo, salir de los propios intereses para comprometerse con un bien superior, anclado en la dignidad de cada ser humano, es lo que mejora el mundo.

Como decía, no es nada fácil dilucidar cómo ha de llevarse a cabo la gestión pública del Estado, pues abarca todos los aspectos de la vida social. Ahora bien, el problema se simplifica bastante si nos centramos en alguna de sus partes. Veamos el caso de la universidad.

Por definición, la universidad es el espacio de educación superior cuyo fin es la búsqueda de la verdad y su transmisión. Como la verdad es muy amplia, se parcela en áreas de conocimiento de las que se encargan claustros de profesores adscritos a ellas. Se supone que estos profesores estudian, enseñan e investigan en común y que, fruto de su esfuerzo, se va descubriendo la verdad y se transmite a los alumnos. ¡Nada más lejos de la realidad!

Hace unos días, el profesor X se lamentaba de que en nuestra área de conocimiento no hay dirección académica, es decir, un conjunto de instrucciones acerca de los contenidos que les convienen a cada titulación, curso y asignatura, con el fin de presentar el corpus científico de una manera ordenada. Evidentemente, existen multitud de modos razonables y legítimos de desarrollar un saber, pero es bueno proponer una directrices con el objetivo de cubrir los temarios lo más completamente posible, hacerlos inteligibles y darle una cierta uniformidad y orientación a la docencia correspondiente.

La dirección académica no conculca el derecho a la libertad de cátedra, sino que tiene su fundamento en el bien común, ese que decíamos que rechaza el provecho particular y se compromete con la promoción de todos. Y en ese "todos" están los profesores y los alumnos, de ahí el nombre de "universidad", del latín "universitas", esto es "totalidad".

La triste realidad de nuestra universidad es que la mueven intereses particulares: los profesores sólo quieren publicar artículos impartiendo el menor número de clases posible, los alumnos sólo quieren aprobar y los gestores quieren vivir tranquilos en sus despachos gozando de sus prebendas.

Vivimos en una esquizofrenia galopante. El profesor X rechazó hace un año una proposición de dirección académica, sin argumentación convincente. El profesor X se dedica a investigar en un área de conocimiento que no es la suya. El profesor X no imparte clase de su área de conocimiento y afirma sin rubor que tiene otras cosas que hacer que dar clase... ¿Alguien me lo puede explicar?

El profesor X se suele amparar para justificar sus desatinos en razones prácticas: que si hay que comer, que si tengo miedo a los que mandan, que nunca las cosas han sido perfectas, que ya llegarán días mejores, que los alumnos vienen mal preparados, que para lo que me queda o para lo que me pagan... Pero ya sabemos que ni el utilitarismo de Hume ni el conformismo con el mal menor, traen el verdadero progreso, sino la búsqueda del bien común.

La corrupción no se propaga por culpa de los corruptos, sino por la connivencia de los buenecillos, que procuran su mezquino beneficio particular pescando en el río revuelto.


Erre que erre, denunciando que el rey va desnudo.