martes, 23 de junio de 2026

Oda a la impostura

El pasado 18 de junio el Consejo de Gobierno de la Universidad de Alcalá aprobó la concesión de la Medalla Honorífica de Oro a José Vicente Saz Pérez, rector saliente. No han perdido el tiempo, la verdad. En estas cosas se nota el verdadero "impulso" de Carmelo García Pérez, rector entrante: favorecer el clientelismo y arropar a la cuchipandi. No sé con qué méritos justificarán oficialmente la distinción, pero yo no los encuentro, por mucho que me esfuerce.

El mandato de Saz se ha caracterizado por una decidida apuesta por la comunicación, intentando crear una imagen de excelencia que saltaba en mil pedazos cada vez que el rector leía un discurso. Primero se extendió el malintencionado bulo de que no sabía leer y, finalmente, hemos sabido que tenía una persona a sueldo que le escribía los textos: "Gracias por poner contenido a mis palabras" reconocía en nota publicada abiertamente en el ciberespacio.

La nota revela por sí misma la altura intelectual del exrector. No es que el "amanuense" puliera el estilo a las ideas del dirigente universitario, sino que le ponía las ideas, porque el pobre no da para eso. Es triste comprobar que hoy puede dirigir una universidad pública cualquiera. Basta con exhibir un muñeco, por muy incapaz de alumbrar conceptos propios que sea, que ya le pondremos un decorado bonito.

Ahora bien, el decorado sale caro. "El coste global del personal eventual (incluyendo costes sociales), durante el año 2025, fue de 547.831,04 €", leemos en la Portal de Transparencia (a ver cuánto dura el enlace). "El personal eventual de la Universidad de Alcalá presta sus servicios en la Secretaría y Gabinete del Rector" reza el texto de la página web. Es decir, se dedica más de medio millón de euros al año a comunicación, prensa, protocolo, confección de discursos, etc.

Este ha sido el objetivo de Saz (y de la logia que lo puso de rector): crear un bonito decorado a golpe de talonario de dinero público, pero sin el más mínimo sentido, olvidando por completo los fines de la institución universitaria... aunque, llegados a este punto, no es descabellado pensar que no es olvido, sino absoluto desconocimiento.

Cuando se gasta en atrezo, se degrada la institución. Veamos un ejemplo en el que la memez se diluye en inglés: "study hard, play harder". La fotografía siguiente ilustra la concreción de la ocurrencia en el edificio de la EPS. Sin comentarios. 


Otra actividad puntera en la EPS: un campamento para niños de entre 6 y 16 años, eso sí, muy tecnológico.


O el curso de magia en la universidad de verano... 

Mientras, los equipos de climatización de la EPS no funcionan, igual que pasó el año 2025, dando temperaturas en despachos y dependencias muy por encima de lo que la normativa establece. Me gustaría saber qué opina la vicerrectora de vida saludable, pero tengo claro que facilitar el adecuado ambiente de trabajo y alinear la acción de gobierno con los fines de la institución no es lo importante para nuestros gestores. Para la tropa que ha tomado la universidad pública lo crucial es la comunicación, el decorado, la impostura. la apariencia... vivir parasitando al huésped hasta que no dé más de sí.

Ahí están los rankings para comprobar el éxito en la gestión. O no *. Antes, sólo eran noticia cuando se escalaba algún puesto, pero ya ni eso, que se nota mucho el desastre.

Yo a Saz no le habría dado la medalla de oro, sino el premio Glovo, que me parece verdaderamente representativo de su mandato.

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* Recomiendo vivamente la lectura del artículo "La enmierdificación de la universidad" de Daniel Arias Aranda.


jueves, 4 de junio de 2026

Y, a pesar de todo, recomiendo un libro

¡Cómo está el patio político! No me sorprenden las miserias de unos y otros, pero sí la ausencia de consecuencias. Nos hemos acostumbrado a todo, y esto me parece más grave que la profunda deshonestidad que —presuntamente— inunda la vida pública. Recordemos aquella máxima de que "la mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo".

En España, el hecho de dimitir se ve como una deshonra, cuando debería percibirse como todo lo contrario. Recordemos el buen ejemplo del primer ministro portugués, António Luís Santos da Costa, que dimitió en 2023 tras un error de la Fiscalía lusa que le implicaba en una investigación por corrupción. Aunque todo se aclaró, él dejó su cargo inmediatamente.

En mi opinión, aferrarse al poder es un rasgo profundamente antidemocrático, se dé en las circunstancias en las que se dé. Siempre es bueno que "corra el aire" y se vean caras nuevas y, sobre todo, ideas nuevas. En este sentido, ya vimos en la entrada precedente por donde va el impulso de Carmelo en la UAH.

En fin, a pesar de todo, no voy a cambiar el tema previsto para mi entrada ya que quiero recomendar "Laberinto educativo y aprendizaje fake" de Ramón Espejo Romero publicado por Brief Editorial y cuya imagen de portada podéis ver a continuación.

Cuando me lo recomendaron en el departamento, y me explicaron que se trataba de un conjunto de entrevistas, me asaltó la impresión de que sería la típica "sopa de opiniones", tan de moda hoy en día, que pretende encontrar la verdad a partir de la estadística: esa "verdad sociológica" que poco tiene que ver —habitualmente— con la VERDAD. No obstante, una vez leído, tengo que rendirme ante el descomunal trabajo de Ramón, que ha hablado con decenas de actores del sistema educativo, viajando de acá para allá durante más de un año.

El texto no transcribe las conversaciones, sino que las glosa, enlazando los comentarios de unos entrevistados con otros cuando el autor lo cree necesario. Los testimonios se organizan en capítulos según categorías que permiten agrupar a los interlocutores por edad, función, etc. En mi edición echo en falta un índice onomástico, que muy posiblemente se haya añadido en posteriores reimpresiones.

En general, las opiniones se alinean con el diagnóstico de que la educación en España es un desastre —magníficamente sintetizado en el prólogo de Javier Orrico— al que se ha llegado por motivos ideológicos. Las recetas para revertir la situación son más amplias, aunque casi todo el mundo está de acuerdo en favorecer la transmisión del conocimiento por encima de las “competencias” y en que la innovación está bien, pero no es la solución: el profesor ha de ser libre para utilizar los métodos que crea conveniente.

A veces, se da la murga con el progresismo y el supuesto (véase la actualidad) deber moral de la izquierda en el cuidado de lo público. No creo que la defensa de la educación sea patrimonio ideológico de ninguna opción política y haríamos bien en sacar las (sucias) manos de la política de las cosas importantes. Por otra parte, en mi opinión, el abanico político actual es bien estrechito, ya que la obsesión por halagar al electorado ha terminado por decolorar las propuestas y reducir las opciones a una testimonial carta de grises, esto es, una colección de vacuidades miméticas, ayunas de fondo filosófico, aunque sobradas de eslóganes.

Algunos de los entrevistados sitúan el origen del desastre en las corrientes educativas de los años 60, que en España cristalizaron en la ley de educación Villar Palasí de 1970 (José Sánchez Tortosa en pág. 93), e incluso en la traición de la Iglesia Católica (Rafael Rodríguez Tapia en pág. 60 e Inger Enkvist en pág. 64), lo cual suscribo, como ya he denunciado aquí alguna vez.

En educación se abusa de la palabra calidad, pero muchas veces se confunde con burocracia (Alfonso Castro en pág. 103), cuando debería medirse por objetivos alcanzados (Elena Ortiz en pág. 183). La verdadera calidad es ofrecer al alumno lo que necesita y no lo que quiere (José Luis Arroyo en pág. 183) y eso se consigue cuando el profesor domina la materia (Eduard Aibar en pág. 69).

El "laberinto educativo" trata la enseñanza superior de refilón, pero es elocuente la denuncia de que no se valora a los profesores universitarios por lo que enseñan, sino por el porcentaje de aprobados (Salvador Seguí Cosme y Amador Iranzo en pág. 159, y José Luis Arroyo en pág. 183), lo cual conduce a la extinción de algunos grados, muy en contra de lo que se pretendía. Una característica del medio universitario es que se critica en los pasillos, con los compañeros, en la cafetería, pero nunca en público. ¿Por qué será? ¡Ya es hora de clamar que el rey va desnudo!