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sábado, 13 de mayo de 2023

La importancia de la estupidez

Hace unos días me mandó Javi este breve pero interesante ensayo titulado The importance of stupidity in scientific research cuyo autor es Martin A. Schwartz, reputado profesor de Medicina, Ingeniería Biomédica y Biología Celular.

Me quedo con un par de ideas de su ensayo. La primera es sobre la docencia: "The point of the exam isn’t to see if the student gets all the answers right. If they do, it’s the faculty who failed the exam. The point is to identify the student’s weaknesses, partly to see where they need to invest some effort and partly to see whether the student’s knowledge fails at a sufficiently high level that they are ready to take on a research project."

Así lo siento yo, el objetivo del examen no es ver si el estudiante acierta todas las respuestas. Si así fuera, es que el examen estaría mal diseñado. El fin del examen es ayudar a identificar las debilidades del alumno, para establecer dónde hay que realizar un esfuerzo adicional.

En definitiva, los exámenes son un recurso docente más, que ha de ser bien utilizado. Muchos de nuestros neopedagogos lo utilizan tramposamente para que sus estudiantes acierten todas las respuestas y así puedan colgarse la medalla de "profesor de alto rendimiento", eufemismo moderno para denominar al profesor que aprueba a todo el mundo. Ellos proclaman la genialidad de sus métodos con el único aval de unos "magníficos" resultados que no resistirían la prueba del algodón de una reválida externa.

La segunda idea es sobre la investigación: "[...] I don’t think students are made to understand how hard it is to do research. And how very, very hard it is to do important research. It’s a lot harder than taking even very demanding courses. What makes it difficult is that research is immersion in the unknown."

Investigar es duro, muy duro, como dice Schwartz, y no es fácil de justificar la producción científica de muchos de nuestros investigadores actuales. ¡Algo falla! Dice Joan Subirats, ministro de universidades: “Una persona que hace un artículo cada tres días es algo complicado de entender”. Ya publiqué sobre el tema en 2019, la articulitis, y desde entonces la cosa no ha hecho sino empeorar.



domingo, 15 de enero de 2023

La universidad impostada

Hace unos días El Confidencial Digital tuvo a bien publicarme este análisis sobre la universidad española que podéis leer aquí.


La universidad impostada, la simulada, la del postureo, que dicen los jóvenes, es una institución que parece real, pero que sólo es un decorado. Ha perdido el rumbo porque antepone el fingimiento al auténtico empeño por buscar y difundir la verdad, su noble fin.

Las causas de esta enfermedad son variadas, pero una de las dominantes es el perverso sistema de incentivos, que premia la cantidad de artículos publicados soslayando el examen de su calidad intrínseca, asumiendo ingenuamente que la revisión por pares garantiza de suyo el valor del trabajo y la contribución de todos los firmantes. Así, la promoción profesional gravita de manera exclusiva en torno a la investigación, en detrimento de la docencia, que termina percibiéndose como un estorbo.

Para colmo de males, esa investigación no contribuye a profundizar en el conocimiento, porque el afán de medrar espolea la picaresca, en un vano intento de encontrar atajos que allanen el siempre arduo camino del saber.

En mi artículo propongo algunas medidas que podrían ayudar a mejorar la situación.



lunes, 21 de octubre de 2019

Articulitis

Mi padre suele guardarnos recortes de periódico que tienen relación con las disciplinas o los intereses que cultivamos cada cual. Así Bea se encuentra con artículos sobre construcción naval, Rocío acerca de sumillería, Nieves sobre tipografía y yo no me pierdo cumplida información de los últimos premios Nobel de Física.
Leía, pues, el suplemento de ciencia en cuya portada sonreían los premiados físicos y, ya puestos, me tragué la propaganda de relleno que pagan algunos grupos de investigación patrios para presumir. Varias veces me han ofrecido hueco en esas páginas a tanto la palabra pero he rehusado la “generosa” invitación pues no tengo ni dinero ni nada de qué presumir.
La cosa es que me topé con un director de grupo de investigación que proclamaba ufano ser autor de más de 250 artículos de investigación publicados en revistas internacionales indexadas. ¡Qué machote! Si hubiera trabajado 50 años saldría a 5 artículos por año... Sencillamente imposible para una única persona. Albert Einstein publicó 5 en 1905, su annus mirabilis, y nunca más repitió semejante gesta.
Para los legos en la materia explicaré que hoy en día la carrera de un profesor universitario depende íntegramente de que publique artículos de investigación en revistas indexadas, es decir, en revistas de alta calidad y acceso mundial. Esto significa, evidentemente, que la docencia no importa casi nada, es más, se percibe como una pérdida de tiempo. Si nos quejamos del nivel de nuestra universidad aquí encontraremos una causa.
¿Por qué se valora solamente la publicación de artículos? No creo que la explicación sea sencilla pero en mi opinión hemos llegado a este punto de la mano de dos errores conceptuales. El primero es considerar que lo cuantificable es lo único objetivo. El corolario es inmediato: a más artículos más investigación y de ahí, en otra falsa pirueta intelectual, concluimos que a más investigación más calidad educativa. Expresado así creo que resulta palmaria la trampa: lo importante no es la cantidad de artículos sino qué dicen esos artículos. Así lo ve la Justicia, que hace poco más de un año en el Tribunal Supremo sentenciaba que hay que “leer los trabajos para acreditar los méritos de investigación en la Universidad”, es decir, que no vale con contabilizarlos.
Ahora bien, ¿quién se va a leer los trabajos de más de 100.000 profesores universitarios? O mejor, ¿quién está en disposición de evaluar su mérito? Y aquí es dónde opera el segundo error que consiste en establecer la competencia como mecanismo para poner de manifiesto la calidad a imagen de lo que hace el mercurio agregando las pepitas de oro. Se somete a los artículos a la revisión de “árbitros” internacionales expertos en la materia y se concede dinero para elaborar esos trabajos al que pueda acreditar capacidad de publicarlos... y, poco a poco, se tejen madejas de intereses, guetos en los que prosperan unos pocos. Aparecen señores feudales que dirigen grupos numerosos y firman todo lo que se publica, cual derecho de pernada. Se crean revistas donde publican los amiguetes y, en definitiva, lo de la competencia se queda en un bonito decorado. Además de matar la originalidad porque se termina trabajando sólo dónde es “rentable”.
Las sucesivas leyes universitarias han sometido al sistema a una especie de campo magnético que desvía a sus actores de su fin natural que es la búsqueda de la verdad y la docencia atrayéndoles al polo de la publicación de artículos. Los políticos han conseguido que seamos una potencia mundial en cantidad de artículos científicos pero nuestra universidad no enseña... Algo falla.
Einstein publicó unos 25 artículos en toda su vida. Hoy no conseguiría plaza en la universidad española.

revistas

Acerca de la sentencia de Tribunal Supremo referida más arriba, sugiero leer la opinión de Miguel Ángel Aníbarro aquí.

domingo, 2 de junio de 2019

Catedráticos de optativas

El sistema universitario español ha alumbrado un novedoso tipo de profesor: el catedrático de asignaturas optativas.
Las asignaturas optativas son aquellas que la universidad propone para que los alumnos escojan libremente completando su formación en temas especializados. La tasa de éxito en estas asignaturas siempre ha sido alta ya que el alumno va motivado y el profesor pone de su parte para que su oferta tenga demanda. Así pues, muchas veces "optativa" es igual a "maría", es decir, asignatura fácil que se supera con seguridad.
Como todos sabemos, los catedráticos son los profesores en el nivel más alto del escalafón. Cuando yo era estudiante (hace ya más de treinta años) los catedráticos nos daban clase en primero y segundo de carrera y luego en las especialidades, ya terminando los estudios. El motivo de impartir docencia a los "pardillos" supongo que tendría que ver con la intención de marcar el nivel de los estudios y "desbravar" a los novatos.
Hoy en día, en mi entorno, salvo honrosas excepciones, los catedráticos no pisan las aulas de los cursos bajos y rellenan sus escasas horas de docencia con asignaturas optativas que imparten a un puñado de alumnos.
Esto es la consecuencia lógica de un sistema universitario que prima la investigación como único mérito para progresar en la carrera profesional. La docencia no sirve para nada más que para hacer perder el tiempo al profesor que necesita a toda costa publicar artículos de investigación para ascender.
Si la docencia no sirve para nada, lo mejor es quedarse con una asignatura "maría", con pocos alumnos, en la que se cuenta algo relativo a la investigación del docente responsable de manera que le pueda proporcionar mano de obra barata que contribuya a su colección de artículos de investigación.
Resulta llamativa la abundante oferta de optativas que tienen algunas titulaciones. Todos los catedráticos de optativas quieren impartir la suya. Y así pasa, que algunos dan clase a un alumno, a dos, a tres... ¡Un chollo! Además, como son tan pocos, ¿para qué vamos a explicar algo? Que hagan un trabajo... y ya nos vemos el último día de clase.
Los catedráticos de optativas no dan clase en "primerillo" (como dice mi hija) pero están muy preocupados con la tasa de aprobados en los cursos bajos porque si suspenden muchos allá no les llegarán "clientes" a sus optativas y se les acabará el chollo. Entonces se dedican a presionar a los pobrecillos compañeros que están por debajo en el escalafón para que aumente su "desempeño académico" que es una manera cursi de decir que se apruebe a todo el mundo. Si ellos van a mandar un trabajo y a dar aprobado general, ¿qué más les da que los chicos sepan algo o no?
El catedrático de optativas es un ente sorprendente ya que lo sabe todo de nada. El ámbito de su "investigación" es ultra especializado y se cuentan por cientos sus artículos de investigación aunque no parece que la relevancia de los mismos alcance más que para adornar su ego. En la universidad española de nuestros tiempos ni Einstein ni Schrödinger ni Newton serían catedráticos... aunque felizmente gozaríamos de su sabiduría en primero y segundo de carrera.
¡Viva la investigación!


sábado, 17 de diciembre de 2016

El rector acusado de plagio

Fernando Suárez Bilbao, todavía rector de la Universidad Rey Juan Carlos, ha sido acusado por varios autores de haber cometido plagio. La información se puede leer en numerosos medios. Como consecuencia de ello, la Universidad de California ha retirado un texto publicado por Suárez en el que presuntamente copió trabajos ajenos sin citarlos. Además, los rectores del resto de universidades públicas madrileñas han emitido un comunicado manifestando su rechazo “a cualquier forma de plagio”. Por si fuera poco, la CRUE también ha emitido un comunicado en el que informan de que el rector Suárez abandona la vocalía del Comité Permanente de la CRUE.
Sin embargo, el rector no ha dimitido de su cargo ni parece que lo vaya a hacer según se puede leer en el diario EL PAÍS. Este medio cita a un profesor que prefiere permanecer en el anonimato y que afirma que la Universidad Rey Juan Carlos “es una universidad con una red clientelar muy fuerte”.
No es por ser agorero pero que nadie piense que la universidad es un mundo feliz, angelical, beatífico, etc... como pretenden hacernos creer las evocadoras fotografías de sus páginas web. Lo de la “red clientelar muy fuerte” no es un mal exclusivo de la URJC... y no diré más porque yo no estoy en el anonimato...
El bochornoso caso de presunto plagio del señor Suárez Bilbao es una manifestación esclarecedora de diversos males que aquejan a la universidad. Empezando por el perverso sistema de promoción.
La carrera profesional de un profesor universitario se rige casi exclusivamente por los méritos en investigación. Y estos méritos se miden por el número de publicaciones en revistas indexadas en el listado del JCR. Esto ocasiona que el profesorado dedique su tiempo y su esfuerzo a conseguir esas publicaciones abandonando algunas veces cualquier otra tarea o dedicándole un empeño residual.
Como conseguir publicaciones científicas de calidad no es nada fácil y como la naturaleza humana es débil, no es descabellado pensar que puedan buscarse atajos. Como no estoy en el anonimato, tengo que aclarar que yo no conozco a nadie que haga nada presuntamente incorrecto... pero tampoco se puede descartar que se monten grupos de investigación dónde unos trabajan y todos firman, que se busquen temas de trabajo que tengan asegurado el éxito (aunque no contribuyan al conocimiento), que se cocinen datos para que el artículo de investigación sea aceptado o que alguien pueda caer en la tentación de plagiar...
¡Ah! También me han contado (aunque no sé si creérmelo) que hay cierto tráfico de influencias: “yo pongo tu firma en un artículo y tú haces algo por mí...” Y ¡ahh! También he oído que si tienes cargos de gobierno te los convalidan por méritos de investigación. ¡Vamos, que te toca el gordo!
Evidentemente, hay mucha gente que trabaja bien. ¡Faltaría más! Y seguramente los garbanzos negros son menos que los buenos. Ahora bien, también es verdad que algunos que pueden hacer algo ven y callan, saben y miran para otro lado.
Y alguien dirá: “¿Pero ustedes no se dedican a dar clase?” ¡Buena pregunta! Eso es lo que yo creía. Pero parece que no. Ahora nos tenemos que dedicar a investigar. Pero, preguntarán: “¿Y las clases?”. Las clases son lo de menos. Ya no importa que seas especialista en un área de conocimiento (con todo el esfuerzo que eso conlleva) y que transmitas esos conocimientos a los alumnos. Ahora lo importante es que los chicos sean felices (te valoren bien en las encuestas) y apruebe el porcentaje que se vea conveniente... Sí, sí, ¡como lo lee!
Cuando yo estudiaba (hace mucho, mucho tiempo), en primero de carrera nos daban clase los catedráticos y nos apretaban para que estudiáramos. Ahora, (me cuentan que) algunos catedráticos están escondidos impartiendo asignaturas optativas en últimos cursos y cazando a estudiantes que les hagan los artículos para el JCR.
Por todo esto, lo del rector de la URJC es sólo la punta del iceberg y lo de la red clientelar... ¡pues eso! ¡El que pueda entender que entienda!