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martes, 14 de octubre de 2025

¡Qué afición le hemos cogido a engañar a los jóvenes!

"Todos los que estáis en la universidad habéis entrado por méritos propios, y con una capacidad contrastada para poder, no solo iniciar unos estudios universitarios, sino para finalizarlos." Esto afirma tajante Jorge Pérez Serrano, vicerrector de Estudios de Grado y Acceso de la UAH, en la newsletter Sigillum Nostrum, un boletín, recopilación de insulsas noticias, que se distribuye semanalmente a mayor gloria del necio postureo institucional impulsado por el actual rector, cuyo mandato agoniza con más pena que gloria, tan flaco en logros como ayuno de ideas.

Si Jorge Pérez quiere decir que todos los alumnos de nuevo ingreso han superado los requisitos que establece la ley para acceder a la universidad, entonces le doy la razón. ¡Faltaría más! Estaría bueno que hubiera enchufes, recomendaciones y privilegios en la universidad pública... tanto entre alumnos como entre profesores y gestores...

Ahora bien, lo de la "capacidad contrastada" ya no está tan claro. Las evidencias nos muestran que los estudiantes vienen con serias carencias, que sus conocimientos no son los esperados y que sus capacidades dejan mucho que desear. Recientemente hemos podido leer en la prensa el caso de Álex Torío, profesor de enseñanzas medias, que denuncia que se fuerce a aprobar a todo el mundo. La cosa no es de ahora: ya en el 2018 escribí sobre el particular.

La percepción del profesorado universitario es que los chicos vienen cada vez peor preparados y que cuesta un esfuerzo titánico conseguir que alcancen el nivel adecuado. Entonces, ¿es que Jorge Pérez no habla con los profesores? ¿Es que vive aislado en la burbuja de su despacho?

Y lo de poseer la capacidad necesaria para finalizar los estudios universitarios también tiene su miga. Entre los profesores se da por verosímil una leyenda según el cual lo difícil es matricular a una vaca, pero una vez conseguido, la vaca titulará.

Cabe preguntarse qué pretende el vicerrector con su cursi mensaje. Este tipo de consignas lo único que consiguen es distraer, desactivar, adormecer y engañar. Para los jóvenes, los estudios universitarios deberían ser un reto estimulante, no un paseo cansino. Recuerdo mi primer día de clase en la asignatura de Física General, en el que el profesor nos animó a estudiar duro y pronosticó que no todos terminarían la carrera, como efectivamente sucedió. No era adivino, sólo tenía sentido común... y un grandísimo conocimiento de su materia, que ya quisieran para sí muchos catedráticos de hoy en día. Conocimiento que desplegaba tiza en mano, sin papeles, notas, diapositivas ni zarandajas innovadoras.

Que le hemos cogido gusto a engañar a los jóvenes es una evidencia. Va para tres años que Daniel Arias Aranda, catedrático de la Universidad de Granada, publicó su ya famosa carta "Querido alumno universitario: Te estamos engañando", a la que siguió un libro que profundiza en el tema.

El halago desactiva, lo fácil desincentiva. En el fondo, se trata de la trampa del "do ut des" que denuncio en la entrada previa: "te apruebo, te lo pongo facilito y tú, querido alumno, dejas que me dedique a lo mío", parecen estar diciendo todos estos mentirosos.

Citaré un fragmento de Los gozos y las sombras I. El señor llega, de Gonzalo Torrente Ballester: 

“Carlos se acercó y leyó:
    »¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
    »E, inmediatamente, el recuerdo de los versos restantes le vino a la memoria, y, con él, la clase de Literatura en el colegio de jesuitas de Vigo. Apartó el libro y siguió recitando:
    »¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
    »que a mi puerta, cubierto de rocío,
    »pasas las noches del invierno, oscuras?
    »—¿Lo sabe?
    »—Claro. Soy bachiller.”

Un bachiller de no hace mucho se sabía este soneto de memoria. Hoy, difícilmente, encontraremos uno que sepa que es de Lope de Vega.

Estafamos a los jóvenes en la enseñanza, un fraude que les resta oportunidades y, por tanto, les condena a la mediocridad. Pero no sólo en eso: les hemos escondido los valores, para que vivan de sentimientos y opiniones; y les hemos colocado una deuda pública inasumible, para que paguen la fiesta que nos estamos dando a su costa... Una traición es moral y la otra material, pero hablaremos de ellas otro día. 


martes, 16 de septiembre de 2025

Comienza el curso: ¡todos aprobados!

La semana pasada empezó el curso después de un largo verano para los estudiantes. Todavía estamos en periodo de adaptación, que hoy en día es bastante largo, para prevenir un eventual derrame cerebral a causa del esfuerzo intelectual. En el instituto se entra más tarde y se sale antes, por lo que las calles aledañas están repletas de chicos peripatéticos, por lo de deambular, no por la orientación filosófica. En la universidad algo similar: las clases son algo más cortas, se rellenan con algún test u otra actividad prescindible mientras, poco a poco, sin agobios, se va afianzando el conociendo mutuo. Por eso, muchos alumnos no acuden a la(s) primera(s) clase(s), pues no sirve(n) de nada, y así estiran el merecido descanso estival. Aunque he puesto los paréntesis para no ser excesivo, lo cierto es que habría que quitarlos.

Pues bien, me cuentan de no sé qué carrera, de no sé qué universidad, que varios profesores se han presentado anunciando el aprobado general: sus asignaturas ya están superadas. "Tranquilos, chicos. Nada de estrés ni malos rollos", parecen clamar. Habrá que hacer algún examen de test sencillo, un trabajito colaborativo o participar en alguna experiencia de aprendizaje invertido o gamificado, y ya. La cacareada innovación pedagógica, envoltorio de métodos de aprendizaje indoloros y milagrosos, que esconde la falacia de la ciencia infusa.

¿Qué clase de aliciente tiene algo facilón? ¿Cómo vamos a cultivar en nuestros jóvenes la virtud de la constancia si les garantizamos un título sin trabajo? ¿Por qué van a valorar su disciplina académica si no requiere esfuerzo? ¿Para qué van a asistir a las clases si no hay tensión intelectual? ¿Es que se puede alcanzar la excelencia en cualquier trabajo sin luchar por ello? 

Todos conocemos las respuestas a las preguntas precedentes. Entonces, ¿por qué actúan así estos profesores? Evidentemente, no tengo una respuesta sencilla; cada uno es cada uno, (y tiene sus cadaunadas, que diría Unamuno) y desconozco las intenciones de los demás. Sin embargo, el "¡Todos aprobados!" es un magnífico salvoconducto para el que no se sabe la lección, para el que elude sus obligaciones docentes o para el pusilánime, que prefiere no enfrentarse a los comisarios que velan por el correcto porcentaje de aprobados. Es un "do ut des", "te apruebo y déjame en paz", "no me exijas, que yo no te pido nada", "vive y deja vivir"...

Hay algunos que defienden que el profesor es un mero acompañante, que cada estudiante es un ser talentoso per se y que sólo es necesario que ese talento encuentre su cauce y se manifieste, cosa que será sí o sí antes o después. Podríamos rebatir esta idea fácilmente, pero creo que basta con leer a Álex Torío en la prensa estos días ("Tenemos alumnos de 18 años que no saben las tablas de multiplicar") o echarle un vistazo a los informes PISA para volver a la cruda realidad.

 

viernes, 30 de junio de 2023

Cinismo y aprobados generales

Recuerdo haber visto de pequeño algún episodio del teniente Colombo, una serie en la que el famoso policía, interpretado por Peter Falk, resolvía todo tipo de crímenes. Colombo vestía siempre una cochambrosa gabardina y tenía un aire despistado y bonachón.

Además de las peculiaridades del personaje, lo más característico de la serie era que el espectador siempre sabía quien era el asesino, pues cada capítulo comenzaba mostrando el delito. Técnicamente es lo que se conoce como historia de detectives invertida. O sea, como la clase invertida, pero en cine.

Con independencia del caso, todos los criminales desenmascarados por Colombo exhibían un rasgo común: un desvergonzado comportamiento cínico. El cinismo es el impúdico recurso a la mentira o la defensa descarada de acciones reprobables que, para los malos de la ficción –esto hay que reconocerlo–  era un modo de proceder casi obligado si no querían verse descubiertos por el astuto teniente.

Diría que hoy está muy de moda el cinismo. Y no me refiero sólo a lo que observamos en estos tiempos de interminables campañas electorales. Ayer viví un nuevo episodio de la cada vez más descarada persecución que sufro por hacer mi trabajo con honestidad. Según los inquisidores de la "calidad" merezco ser vigilado ya que mi asignatura muestra una gran desviación al alza respecto al promedio en porcentaje de suspensos. Hay que decir, en honor a la verdad, que hay otras 7 asignaturas con peores estadísticas, pero esas no parecen ser objeto de escrutinio, dejando en evidencia a los que pretenden que renuncie a mis convicciones. Pues bien, llegados a este punto, alegué que una correcta aplicación del método científico, obligaba a estudiar qué sucede con aquellas asignaturas que presentan una desviación a la baja, esto es, el contrapeso por el extremo contrario que matemáticamente contribuye al promedio.

En concreto, señalé que, con los datos suministrados por la Dirección de la Escuela Politécnica Superior de la Universidad de Alcalá, 12 asignaturas del total de las impartidas en el grado durante el primer cuatrimestre tienen un 100% de aprobados, esto es, el 46% de todas las asignaturas del primer cuatrimestre se saldan con aprobado general. Para cualquier observador imparcial esto chirría, pero no para la mayoría de profesores que asistían a la reunión. Uno de ellos preguntó: "¿y qué tiene eso de malo?". Según explicó, los profesores que consiguen un 100% de aprobados es porque son muy buenos transmitiendo conocimientos...

Podría ser, ¿cómo no? El que haya 12 genios de la enseñanza es una suposición razonable, que diría el teniente Colombo. Pero también caben otras hipótesis, a saber, que el nivel de las materias es muy bajo, que se aprueba con un 3 o que los genios son los alumnos en lugar de los profesores. Para Colombo las explicaciones siempre deben ajustarse a lo natural y ahí radica su brillantez en la resolución de los casos.

Las notas de corte de nuestros alumnos no son muy buenas y sus competencias en álgebra, cálculo, física y electrónica dejan mucho que desear, por más que lo nieguen los defensores del aprobado general. Esto descarta la genialidad del estudiantado. Que se aprueba con menos de un 5 es algo que reconocen abiertamente algunos de los profesores que lo hacen y que también saben los alumnos, aunque no vayan a encadenarse a la puerta de la Escuela para protestar por ello.

La universidad es, según han acuñado los cursis, el Espacio de Educación Superior. Pues bien, si esto es así, deja poco espacio al aprobado general. Si los alumnos universitarios pueden llegar a un determinado nivel académico, el buen profesorado debe tirar de ellos para que den un poco más, en caso contrario no estaremos en el nivel "superior". Es como si quisiéramos ir a las Olimpiadas con marcas ramplonas, entonces no estaríamos en las Olimpiadas, sino en una pachanga entre colegas.

Es lamentable que la Universidad Pública, o una parte de ella, no esté verdaderamente comprometida con la exigencia académica y que se ponga una venda en los ojos para justificar lo anormal, lo antinatural. ¿Dónde queda el servicio público si abdica de buscar la verdad y enseñarla? Y un aviso de que vamos mal está en la reciente advertencia de Steven Pinker: "Las universidades han dejado de ser sitios seguros para la libertad de expresión". Campan por sus fueros los inquisidores de la "calidad", la "innovación", lo políticamente correcto, etc.

Los cínicos malhechores de la serie policíaca siempre son descubiertos por su soberbia: se creen muy listos, pero terminan enredados en sus propias mentiras, cuya impostura les delata.