miércoles, 31 de enero de 2018

La mercantilización de la educación

Nos dice el Diccionario de la Lengua Española que mercantilizar es “convertir en mercantil algo que no lo es de suyo”. Tiene, por tanto, un sentido peyorativo y se ha convertido en una denuncia frecuente en facetas de la vida pública tan sensibles como la sanidad o la educación.
No obstante, a base de utilizar el tema como arma política, la opinión pública ha simplificado el problema de la mercantilización a la alternativa entre prestación pública o privada de un servicio, deslizándose hacia confrontaciones esquemáticas del tipo liberalismo-estatismo, beneficio económico-protección social, ricos-pobres, buenos-malos...
En este sentido, la agencia de opinión ACEPRENSA –de la órbita del Opus Dei– calificaba a Alberto Royo de “antiliberal” en la reseña a “La sociedad gaseosa” por denunciar la mercantilización de la educación (crítica firmada por Fernando Rodríguez-Borlado el 27 de septiembre de 2017).
No defenderé aquí a Alberto porque no lo requiere, pero sí tengo que señalar que la educación se puede convertir en mercancía de muchas maneras. En general, se mercadea con ella cuando el fin no es transmitir conocimiento sino otro, por muy noble que sea.
Podría darse mercantilización en centros privados si el fin es únicamente ganar dinero y para conseguirlo se evalúa al alumnado en función de criterios económicos.
Podría darse mercantilización en centros públicos cuando se baja el nivel académico hasta una ínfima exigencia que no moleste a quien no desea esforzarse. Aquí el fin no es el dinero sino evitar complicarse la vida y, aunque esa comodidad se disfrace de “equidad” y defensa de lo público –camiseta verde incluida–, no deja de ser el blindaje de un estatus.
Podría darse mercantilización en aquellos colegios más interesados en la gloria de las instituciones de las que son imagen pública que en la transmisión de la verdad. En este caso, el fin no es el dinero, ni la comodidad sino la captación de prosélitos que mantengan la maquinaria de la respectiva institución.
En el mundo real, estos supuestos se pueden combinar en diferentes proporciones dando lugar a una panoplia de casos enorme. Evidentemente, no es tarea fácil separar el trigo de la cizaña, pero es responsabilidad tanto de los padres como de la inspección educativa estar atentos a si se promociona el conocimiento, la responsabilidad y la libertad o se busca dinero, estatus o prosélitos.

jueves, 18 de enero de 2018

La calidad

La calidad está de moda. En educación la calidad es lo primero y en la universidad el despliegue de medios para alcanzar los objetivos de calidad es apabullante: comisión de calidad por centro y particulares por titulaciones, informes por asignatura, curso y titulación, acreditación externa de estudios, autoevaluación, plan de formación del profesorado, plan de acción, encuestas, procesos holísticos…
La calidad se encaja en procedimientos y se cuantifica en cifras asumiendo erróneamente que aquello que se expresa de manera numérica es objetivo… ¡Nada más falso! Ahí están las encuestas, cocinadas a gusto del que las encarga, para demostrar que los números por sí mismos no siempre cuentan la verdad.
¡Veamos! En una fábrica de móviles –por poner un ejemplo– los controles de calidad son necesarios para no poner en el mercado un dispositivo defectuoso y ahí las estadísticas nos pueden dar pistas de qué falla. Un análisis prudente indicará dónde hay que mejorar.
Sin embargo, educar no es fabricar móviles. Es algo más humano, más imperfecto y dónde intervienen factores como la libertad, la formación previa, las expectativas personales, el afán de superación, etc. En definitiva, la calidad en educación no es lo mismo que el control de calidad en la fábrica de móviles.
La profusión de “calidad” en la universidad es a menudo sólo metodológica. Parte de la idea de que estableciendo procedimientos de evaluación obtendremos un sistema mejor… pero eso no basta. Es cierto que la obligación de rellenar informes puede servir para encontrar las flaquezas del sistema pero una vez identificadas es necesario tener la voluntad de actuar y la prudencia para hacerlo en el sentido adecuado… Lamentablemente, esa voluntad y esa prudencia son harina de otro costal.
No por más ISO 9001 que se aplique hay más calidad... aunque sí gastaremos más papel.
Lamentablemente, la “calidad” se termina reduciendo a mirar si aprueban muchos o pocos alumnos. Y yo me pregunto, ¿qué tiene que ver el porcentaje de aprobados con la calidad? Ni un porcentaje alto es señal de calidad ni lo es que sea bajo.
Ahora se lleva eso de que el sistema ha de ser eficiente, es decir, que si entran x deben salir casi x ya que de otro modo el sistema no es rentable. Esto es otra falacia. No por dar muchos títulos el sistema funciona mejor de la misma forma que no por dar el visto bueno a todos los móviles, la fábrica va mejor.
En el fondo lo que sucede es que quizá la fábrica (la universidad) necesita ser remodelada o incluso cerrada... pero a ese cierre se resisten muchos. Los hay que necesitan que siga funcionando a toda costa y que lo haga sin dar guerra. Es entonces cuando el despliegue de “calidad” buscará que el número de aprobados crezca para que no falten clientes que llenen las aulas y justifiquen lo bien que viven algunos. Y, en este contexto, la maquinaria de la “calidad” se pone al servicio del control del profesorado.
Un verdadero control de calidad debe tener en cuenta todos los elementos del proceso: cómo llegan los alumnos a la universidad, cómo son los planes de estudio, qué objetivos debemos cubrir… Aprobar a los chicos es fácil: un sencillo ajuste en una curva gaussiana. Lo difícil es que estén bien formados. Si luego van a trabajar de cualquier cosa, ¿para qué gastar dinero en universidades? ¿Dónde está el beneficio social?
Copio de este artículo: “Cada vez hay menos jóvenes y las universidades temen vaciarse, con lo que compiten entre ellas a la baja, especialmente en ciertos títulos, para atraer alumnos con la promesa de que obtendrás el título rápidamente y sin dolor.”
Análisis prudencial y revisión de objetivos y voluntad de mejorar… si no es así dentro de poco el daño a la sociedad será irreparable.