martes, 13 de febrero de 2018

Mis amigas de la valla del cole

Buena se ha montado entre mis amigas de la valla del cole con la entrada Demasiado espíritu maternal. Ana, Araceli, Elena y Maria (sin tilde) han entrado en resonancia. En realidad están de acuerdo en que se debe mantener el orden en clase pero eso de que les toquen las emociones las revoluciona. Y de paso se ven atacadas en su feminidad como si el exceso de emotividad fuera sólo cosa de ellas.
Vayamos por partes. Primero intentaré demostrar mi afirmación de que la razón debe embridar las emociones y luego hablaré del genio femenino.

A) Las emociones
Sentir miedo, curiosidad o cualquier otra emoción es algo natural, ni bueno ni malo. A veces las emociones nos ayudan y otras nos dificultan. Veamos un par de ejemplos.
Dice Elena, nuestra psicóloga, que la curiosidad nos impulsa a aprender. Y es cierto. Decían los antiguos griegos que la curiosidad está en el origen de la filosofía. Sin embargo, también podemos sentir curiosidad por conocer qué hace la vecina de al lado y eso ya no es tan bueno, es meterse en lo que no nos importa.
Algo semejante podemos decir del miedo. El miedo que sentimos sólo de imaginar que subirnos al pretil de un puente nos libra de sufrir una caída mortal. Sin embargo, el miedo a subir a un avión nos impide hacer cómodamente un viaje.
Como vemos, las emociones son como el viento en la mar: unas veces va a favor y otras en contra pero el rumbo lo debe marcar la razón que señala el lugar al que nos dirigimos.

B) El genio femenino
Mis amigas se han visto señaladas porque se ven a sí mismas como emotivas frente a lo “sosos” que somos los hombres. Ellas se ven intuitivas frente a lo racionales que somos los hombres. Ellas relacionan todo con todo cuando piensan mientras que nosotros solo tenemos abierta una “box” cuando razonamos. Ellas advierten unas diferencias que están ahí.
En realidad, no todo es blanco o negro. Hay hombres más emotivos que otros y más intuitivos que otros y lo mismo sucede con ellas.
Evidentemente el genio femenino es necesario. Por ejemplo, el conocimiento intuitivo es mejor que el discursivo, No en vano Aristóteles les asigna a los ángeles el conocimiento por intuición. Ahora bien, no todo puede ser intuición porque la intuición a veces falla. Ni todo puede ser tratado de manera concurrente porque se nos van a escapar cosas. Ni siempre hay que seguir las emociones como hemos visto antes.
En definitiva, creo que el genio femenino se debe completar con la “sosería” masculina. Así lo vemos en la naturaleza y parece que funciona bien. Pondré un ejemplo en el que soy protagonista. A mí me ha tocado hacer de padre y de madre. Pues bien, mis hijas mayores me regañan mucho porque con mi hija pequeña sólo hago de madre. Ellas creen (y tienen razón) que debería usar mi lado masculino con más frecuencia en la educación de la benjamina.

P.S.: El debate en la valla del cole nos ha llevado al tema del lenguaje inclusivo y, de rebote, nos ha hecho caer en la cuenta de que ya casi no quedan profesores hombres en el cole... Pero estos asuntos los dejo para otro día.

colegio


viernes, 9 de febrero de 2018

La memoria (según Alberto Royo)

Acabo de leer la última entrada en el blog de Alberto Royo y no puedo dejar de enlazarlo aquí porque me ha gustado mucho. Habla de la (denostada) memorización en la educación.
La entrada corresponde a una entrevista publicada en el diario LA RAZÓN.
Sin embargo, no me resisto a meter algo relacionado con mi docencia. Todos sabemos que un computador calcula y lo hace mediante unos circuitos llamados operadores. Existen operadores de suma y resta, multiplicación, etc. Evidentemente, operaciones de complejidad creciente requieren operadores más caros y más lentos. Pues bien, llega un momento en el que no compensa, ni en coste ni en velocidad, realizar esos operadores y se recurre a la MEMORIA. Es decir, se guarda una tabla con los valores de una función y se lee el resultado para cada entrada. Así, por ejemplo, es más eficaz evaluar la función trigonométrica seno a partir de una tabla en memoria que usar un operador que sume los elementos de su serie.
A nosotros, igual que al computador, la memoria nos proporciona velocidad y seguridad. Es una herramienta más. ¿Vamos a despreciarla solamente porque cueste un poco introducir los datos?


miércoles, 7 de febrero de 2018

Demasiado espíritu maternal

Mi Cristina tiene 13 años y ayer vino muy enfadada del instituto. Según nos contó, un par de compañeros que pertenecen al grupo etiquetado como “gente tóxica” habían tenido un día especialmente movido en clase de mates. Se estaban portando tan mal que la señorita les amenazó con un parte si no cambiaban su conducta.  La reprimenda no sirvió de nada y no hubo manera de dar clase  –siempre según la versión de mi hija–  pero la señorita no cumplió su promesa de sanción.
Al salir de clase, unas niñas le preguntaron a la profesora por qué no les había puesto el parte a los díscolos y la respuesta fue que ella era madre.
Cristina venía enfadada porque había perdido el tiempo de matemáticas y porque su sentido de la justicia había sido vapuleado apelando al espíritu maternal.
Veo absolutamente natural que mi hija no entienda nada. Con 13 años la justicia todavía se percibe en “blanco y negro”, sin matices, sin atenuantes; y lo maternal simplemente no procede. No obstante, yo, que cuadruplico su edad, tampoco entiendo que el espíritu maternal sea una guía adecuada en la labor docente.
Evidentemente hay que tratar a los alumnos con el respeto debido, reforzando lo positivo e intentando poner el afecto conveniente (ni poco ni demasiado). Pero ver hijos dónde no los hay es patológico y poco efectivo desde un punto de vista educativo. El profesor no puede sustituir al padre o a la madre.
Tengo para mí que hay un exceso de emotividad en la enseñanza (y puede que en nuestra sociedad). El fin de la educación es el conocimiento y una dosis de sentimiento puede estar bien pero un exceso condena al sistema al fracaso.
Los conocimientos van a la razón que es la que debe embridar las emociones y no al revés.

razón o emoción

miércoles, 31 de enero de 2018

La mercantilización de la educación

Nos dice el Diccionario de la Lengua Española que mercantilizar es “convertir en mercantil algo que no lo es de suyo”. Tiene, por tanto, un sentido peyorativo y se ha convertido en una denuncia frecuente en facetas de la vida pública tan sensibles como la sanidad o la educación.
No obstante, a base de utilizar el tema como arma política, la opinión pública ha simplificado el problema de la mercantilización a la alternativa entre prestación pública o privada de un servicio, deslizándose hacia confrontaciones esquemáticas del tipo liberalismo-estatismo, beneficio económico-protección social, ricos-pobres, buenos-malos...
En este sentido, la agencia de opinión ACEPRENSA –de la órbita del Opus Dei– calificaba a Alberto Royo de “antiliberal” en la reseña a “La sociedad gaseosa” por denunciar la mercantilización de la educación (crítica firmada por Fernando Rodríguez-Borlado el 27 de septiembre de 2017).
No defenderé aquí a Alberto porque no lo requiere pero sí tengo que señalar que la educación se puede convertir en mercancía de muchas maneras. En general, se mercadea con ella cuando el fin no es transmitir conocimiento sino otro, por muy noble que sea.
Podría darse mercantilización en centros privados si el fin es únicamente ganar dinero y para conseguirlo se evalúa al alumnado en función de criterios económicos.
Podría darse mercantilización en centros públicos cuando se baja el nivel académico hasta una ínfima exigencia que no moleste a quien no desea esforzarse. Aquí el fin no es el dinero sino evitar complicarse la vida y aunque esa comodidad se disfrace de “equidad” y defensa de lo público –camiseta verde incluida– no deja de ser el blindaje de un estatus.
Podría darse mercantilización en aquellos colegios más interesados en la gloria de las instituciones de las que son imagen pública que en la transmisión de la verdad. En este caso, el fin no es el dinero, ni la comodidad sino la captación de prosélitos que mantengan la maquinaria de la respectiva institución.
En el mundo real, estos supuestos se pueden combinar en diferentes proporciones dando lugar a una panoplia de casos enorme. Evidentemente no es tarea fácil separar el trigo de la cizaña pero es responsabilidad tanto de los padres como de la inspección educativa estar atentos a si se promociona el conocimiento, la responsabilidad y la libertad o se busca dinero, estatus o prosélitos.

jueves, 18 de enero de 2018

La calidad

La calidad está de moda. En educación la calidad es lo primero y en la universidad el despliegue de medios para alcanzar los objetivos de calidad es apabullante: comisión de calidad por centro y particulares por titulaciones, informes por asignatura, curso y titulación, acreditación externa de estudios, autoevaluación, plan de formación del profesorado, plan de acción, encuestas, procesos holísticos…
La calidad se encaja en procedimientos y se cuantifica en cifras asumiendo erróneamente que aquello que se expresa de manera numérica es objetivo… ¡Nada más falso! Ahí están las encuestas, cocinadas a gusto del que las encarga, para demostrar que los números por sí mismos no siempre cuentan la verdad.
¡Veamos! En una fábrica de móviles –por poner un ejemplo– los controles de calidad son necesarios para no poner en el mercado un dispositivo defectuoso y ahí las estadísticas nos pueden dar pistas de qué falla. Un análisis prudente indicará dónde hay que mejorar.
Sin embargo, educar no es fabricar móviles. Es algo más humano, más imperfecto y dónde intervienen factores como la libertad, la formación previa, las expectativas personales, el afán de superación, etc. En definitiva, la calidad en educación no es lo mismo que el control de calidad en la fábrica de móviles.
La profusión de “calidad” en la universidad es a menudo sólo metodológica. Parte de la idea de que estableciendo procedimientos de evaluación obtendremos un sistema mejor… pero eso no basta. Es cierto que la obligación de rellenar informes puede servir para encontrar las flaquezas del sistema pero una vez identificadas es necesario tener la voluntad de actuar y la prudencia para hacerlo en el sentido adecuado… Lamentablemente, esa voluntad y esa prudencia son harina de otro costal.
No por más ISO 9001 que se aplique hay más calidad... aunque sí gastaremos más papel.
Lamentablemente, la “calidad” se termina reduciendo a mirar si aprueban muchos o pocos alumnos. Y yo me pregunto, ¿qué tiene que ver el porcentaje de aprobados con la calidad? Ni un porcentaje alto es señal de calidad ni lo es que sea bajo.
Ahora se lleva eso de que el sistema ha de ser eficiente, es decir, que si entran x deben salir casi x ya que de otro modo el sistema no es rentable. Esto es otra falacia. No por dar muchos títulos el sistema funciona mejor de la misma forma que no por dar el visto bueno a todos los móviles, la fábrica va mejor.
En el fondo lo que sucede es que quizá la fábrica (la universidad) necesita ser remodelada o incluso cerrada... pero a ese cierre se resisten muchos. Los hay que necesitan que siga funcionando a toda costa y que lo haga sin dar guerra. Es entonces cuando el despliegue de “calidad” buscará que el número de aprobados crezca para que no falten clientes que llenen las aulas y justifiquen lo bien que viven algunos. Y, en este contexto, la maquinaria de la “calidad” se pone al servicio del control del profesorado.
Un verdadero control de calidad debe tener en cuenta todos los elementos del proceso: cómo llegan los alumnos a la universidad, cómo son los planes de estudio, qué objetivos debemos cubrir… Aprobar a los chicos es fácil: un sencillo ajuste en una curva gaussiana. Lo difícil es que estén bien formados. Si luego van a trabajar de cualquier cosa, ¿para qué gastar dinero en universidades? ¿Dónde está el beneficio social?
Copio de este artículo: “Cada vez hay menos jóvenes y las universidades temen vaciarse, con lo que compiten entre ellas a la baja, especialmente en ciertos títulos, para atraer alumnos con la promesa de que obtendrás el título rápidamente y sin dolor.”
Análisis prudencial y revisión de objetivos y voluntad de mejorar… si no es así dentro de poco el daño a la sociedad será irreparable.


lunes, 30 de octubre de 2017

Las hojas del rábano

Escuchaba hace unos días a alguien que declaraba la absoluta importancia que debe tener la “internacionalización” en la universidad. Palabra tan larga como vacía pero evocadora al fin y de sonido muy innovador.
¿Qué es eso de la internacionalización? Quizá que los alumnos vayan de Erasmus, que los profesores vayamos a congresos a las islas griegas o... ¡vaya usted a saber! Por cierto, es lamentable la tontada de valorar un congreso en el extranjero más que uno dentro de nuestras fronteras cuando todo el mundo sabe que hay empresas especializadas en el turismo de congresos. Habrá que ver cada caso, ¿no?
Vivimos un auge epidémico de la impartición en la universidad de asignaturas en inglés sin importar los contenidos y menos aún si tanto el profesor como los asistentes sólo chapurrean el idioma de Shakespeare.
Sorprende que a la vez que se promueve esa internacionalización sea realmente difícil (en la práctica imposible) la movilidad del profesorado entre las universidades españolas.
También está de moda fomentar las competencias para el trabajo en equipo, la capacidad de liderazgo, el ranking ecológico y cosas similares… mientras una cantidad alarmante de alumnos son palmariamente incompetentes en el cálculo infinitesimal.
Ciertamente todo eso está muy bien pero es como las hojas al rábano. El conocido refrán español alerta contra la tentación de quedarse en la superficie olvidando lo importante. Y lo importante en la universidad es el conocimiento, el conocimiento superior y no otro. Que para eso se inventó la universidad y no para la “empleabilidad” (otra palabra vacía).
Nos hemos cambiado el título y ahora somos el EEES (Espacio Europeo de Educación Superior) pero estamos más interesados en las hojas que en el bulbo olvidando lo esencial para quedarnos con la apariencia. En la práctica vamos de cabeza a convertir la educación superior en educación de andar por casa.
Y lo mismo podríamos decir de la escuela. Esta debe ser inclusiva, integradora, abierta, plural, laica, fuente de felicidad y atenta a las emociones… pero del conocimiento ni una palabra… ¡eso puede esperar!


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Coger bien el lápiz

Hasta las facultades más espirituales del ser humano dependen de un abanico de destrezas materiales para expresarse. Así, por ejemplo, alguien que disfrute de la capacidad de componer música necesita tocar un instrumento o saber escribir partituras para que las obras que imagina puedan llegar a los demás.
Lo mismo sucede con la facultad de conocer, pensar, discurrir y solucionar problemas. Hay que dominar el lenguaje: leer y escribir. Lo de leer no tiene discusión y es un tópico recurrente en las campañas publicitarias con las que los organismos públicos consumen parte de su presupuesto.
Escribir también es necesario pero no me refiero sólo a la aptitud para redactar correctamente sino a algo más material aún: hablo de coger bien el lápiz.
Me he fijado que muchos de mis alumnos cogen el lápiz de una manera complicada y nada funcional de manera que la unión mano-lápiz da la impresión de un feo muñón. Ese tipo de acople no permite la velocidad y es fatigoso. Los chicos se dejan las palabras sin terminar ya que su destreza (falta de ella, más bien) no es capaz de seguir a su cerebro.
Para más inri, no sólo cogen mal el lápiz sino que también escriben mal. No digo que escriban con mala letra sino que lo hacen con una letra muy trabajosa de hacer e ilegible al fin. No saben escribir sin levantar el lápiz del papel. ¡Vamos! Que no son capaces de hacer lo que siempre hemos llamado letra enlazada o "cogida de la mano". Dibujar palabras levantando el lápiz del papel a cada paso hace imposible escribir rápido.
El origen de esta falta de destreza escritora puede ser variado pero subyace una filosofía que pretende primar la creatividad y la espontaneidad sobre los hábitos. Evidentemente, adquirir hábitos implica un esfuerzo y una disciplina... y eso no se lleva hoy. Parece ser que si imponemos al niño una manera de escribir le estamos coartando su personalidad. Sin embargo, este modo de pensar es falaz... aunque suene democrático, participativo y “enrollado”.
Si no obligamos al niño a adquirir buenos hábitos de escritura no favorecemos sus capacidades innatas sino que le condenamos a no poder expresarlas ni compartirlas ni hacerlas crecer.
Algunos objetarán que esto que digo es una simpleza (otra más) y que hay premios Nobel que escriben fatal y no saben coger el lápiz. ¡Vale! Aunque no conozco personalmente a ninguno de esos genios, estoy seguro de que eso es cierto. Pero no pensemos en los talentosos que, sean cuales sean sus circunstancias, son capaces de sobresalir. Pensemos en la gran mayoría, en los que somos del montón y necesitamos de la ayuda de los hábitos buenos.
No creo que sea un simpleza señalar las carencias de una educación que se autodefine pomposamente como “creativa, participativa y práctica” mientras nos roba las herramientas que necesitamos para crecer libremente.

cartilla Rubio
Contraportada de las cartillas Rubio

La imagen está tomada de la contraportada de las cartillas Rubio que hacíamos de pequeños para aprender caligrafía. Se siguen vendiendo y yo las he usado con alguno de mis chicos para ayudarle a mejorar la letra. Por cierto, creo que esta empresa es todo un ejemplo de capacidad de adaptación a los nuevos tiempos ya que han sabido ofrecer un servicio valioso usando los medios actuales: innovación con peso específico. ¡Nada de vender humo!