sábado, 15 de septiembre de 2018

¡Comienza el curso!

O mejor en pretérito: comenzó el curso. Porque parte del éxito por venir está en haber dado ya ese primer paso, haber cortado con la poltronería estival y haber formulado con ilusión los buenos propósitos de este otoño. Lo que más cuesta es ponerse a la tarea, olvidar la tranquilidad de las vacaciones y admitir que lo normal no es holgar sino trabajar.
Esta entrada es buena prueba de que mi voluntad cabalga en esta dirección. Tenía abandonado el blog pero de hoy no pasa sin actualizar. Aquí estoy de nuevo. Por cierto, mira que cuesta dedicarle tiempo al bendito blog. Y no será por falta de ideas... ¡Qué presión la del columnista de opinión!
Hablando de ideas, la de esta entrada la he encontrado en unas notas que escribí para la “charleta” de presentación del primer día de clase del curso pasado. Este año no me he preparado nada. No sé cuál sería mi estado de ánimo en aquella ocasión pero les hablé de esfuerzo, de libertad, de actitud y aptitud y de créditos ECTS...
Intentaré explicarme. Mi intención fue animar a mis alumnos a esforzarse. Les conté que la ciencia infusa no existe y que hay que estudiar si se quiere aprobar. En este contexto les recordé que me deben 4 horas de estudio por cada día de clase de mi asignatura según los créditos ECTS.
Para los no avisados, explicaré que un ECTS (European Credit Transfer and Accumulation System) es una medida del trabajo del estudiante que cuantifica tanto el tiempo en clase como el dedicado de manera personal al estudio y que fue inventado dentro del llamado proceso de Bolonia. En mi opinión, aplicar un molde igual para todas las personas es un error que tiene su origen en una concepción mecanicista del ser humano. El ser humano es libre y variopinto y no suele ir muy bien eso de aplicarle ideas fijas... Máxime si las ideas son equivocadas.
En definitiva, recordé a mis chicos que me deben 4 horas de estudio... o 5 o 6 o quizá 2... Pero que tienen que estudiar sí o sí, porque yo no regalo títulos ni aprobados. ¡Jaja! De este tema rabiosamente actual hablaremos otro día.
Les conté eso tan motivador de que cada persona tiene un valor que es el producto de su actitud por el sumatorio de sus aptitudes según la fórmula siguiente:


Así, todos reunimos un conjunto grande de aptitudes (conocimientos, destrezas, talentos, bienes, etc.) que se suman dando un primer resultado. Pero ese resultado parcial se multiplica por un factor, la actitud, que puede cambiar el orden de magnitud del valor inicial. Es como una especie de zoom que puede achicar nuestro valor o hacerlo enorme.
Para terminar, recomiendo este escrito que también he encontrado guardado entre mis cosas: Elogio del esfuerzo de Juan Gómez-Jurado. Y me permito copiar, debidamente entrecomillado, eso sí, un párrafo del mismo que dice: “Creo que es posible construir una sociedad en la que el esfuerzo, individual y colectivo, sea admirado por encima del resultado final. Pero para ello es necesario comenzar por apreciar las bondades de ese esfuerzo, el valor del sacrificio y el mérito de la tenacidad, la constancia y la paciencia.”


5 comentarios:

  1. Felicitaciones por tu blog Rafa. Me gustó la “formula” matematica del valor. A modo de ejemplo. Soy Andres Gracia Ayllon

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    1. Muchas gracias, Andrés. Esto del blog es una especie de terapia. A veces es la única manera de canalizar la rabia que da oír a los gurús de la pedagogía pontificar tontadas. Como en otros aspectos de la vida, tengo la impresión de que hemos perdido el sentido común. Te sigo por la pequeña ventana de Facebook. Un abrazo.

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    2. ¡Ah! Y la "fórmula" está hecha con Latex. A que lo reconoces?

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    1. ¡Jaja! Tengo que ir a verte a uno de tus conciertos. Tiene que se la bomba.

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