sábado, 28 de febrero de 2026

Vivir de lo público

En los últimos tiempos se ha agitado el debate maniqueo que pretende enfrentar la iniciativa pública con la privada y viceversa. El lector ya se habrá percatado de las aviesas intenciones que se esconden tras este movimiento. Argumentar que lo privado persigue ganar dinero es tan bobo que no se sostiene. ¡Claro! Si un privado pierde dinero, cierra. Lo mismo pasa en lo público: si no pagas lo razonable, te quedan sin servicio. Eso es lo que está pasando en España con la milicia, sin ir más lejos. Los experimentos comunistas ya sabemos como terminaron e insistir en ellos manifiesta una ignorancia maliciosa. Hay serias razones antropológicas para prever que la gestión estatal de los medios de producción termina siempre como el rosario de la aurora.

Al fin y al cabo, sea una u otra la iniciativa, lo que hay son personas, que hacen bien su trabajo o que lo hacen mal. ¿Hay abusos en el sector privado? Evidentemente. ¿Los hay en el público? Está claro que sí. Lo que tiene un tufillo demagógico es que el gobierno de turno acuse al sector privado de defraudar, a la vez que se inhibe en su deber de vigilar. Y cuando digo vigilar, me refiero a velar por la calidad exigible tanto a los privados como a los públicos. ¡AMBOS!

El pasado mes de noviembre publicaba el diario online El Debate una noticia titulada "El rector que preside las universidades de Madrid dispara el número de cargos a dedo: «Hay un cortijo que vive de lo público»". En la información aparecía, entre otras cosas, la siguiente imagen con una relación de cargos no estatutarios ("no orgánicos" se dice en el periódico) que pertenecen al estamento docente (catedráticos, titulares, etc.), pero realizan tareas de gestión y cobrar jugosos complementos por ello.


A mi entender faltan carguitos, pues conozco algunos que no están en la relación, pero hay quien ha estudiado el tema en detalle y afirma que el listado completo sería del doble de los que vemos aquí. Sea como fuere, esto es vivir de lo público en vez de servir a la sociedad. La iniciativa privada no permitiría este saqueo, pero como el dinero público "no es de nadie" o es "pólvora del rey", pues a la saca.

¿Qué razones hay para que un profesor deje de dar clase y se dedique a la gestión? ¿Es que no hay personal de administración? Falso. En la Universidad de Alcalá hay un empleado dedicado a la gestión por cada dos docentes aproximadamente, es decir, una barbaridad. ¿Es que los gestores no saben hacer su trabajo? Mentira. Son buenos en lo suyo, pero han de soportar ser postergados por un docente, que suele dedicarse a enredar y a pontificar de lo que no controla.

La pregunta nos asalta inmediatamente: ¿por qué alguien, que ha sacado una oposición para dedicarse a la docencia, la abandona por la gestión? La respuesta es sencilla: porque ejerce la nueva tarea sin rendir cuentas, como un aficionado, cobra un buen pellizco y ejerce mando en plaza, que ya se sabe que a los boomers esto de mandar nos vuelve locos (minuto 22 y ss). Negocio redondo. Para colmo, estos desertores de la tiza se declaran profesores vocacionales.

Todo esto es un fraude de proporciones catedralicias. Además de no dar clase y cobrar por enredar, hay que sustituirles. También la sustitución está pensada. No se deja nada al azar. El sustituto será un profesor precarizado, cuya carrera dependerá de hacerles los articulitos a estos caraduras, que luego irán diciendo que investigan. Artículos que publicarán en revistas chinas de pago, que será sufragado con dinerito público, aunque beneficie a particulares.

Animo al lector a que eche un vistazo al listado. Busque al director y las dos subdirectoras de la Escuela de Doctorado, catedrático, titular y ayudante doctor, para que haya de todo un poco. Al director y subdirector de calidad. Al director de la oficina de gestión de infraestructuras, que no es arquitecto, sino catedrático de electrónica. Al director de transferencia, del que doy fe de que no para de hablar por teléfono. Al director para las artes y la cultura, que se deja la vida presentando actos... Es de traca.

Se rasgan las vestiduras por la "infrafinanciación", por ejemplo la Universidad Complutense de Madrid, pero no cuentan que tienen la mitad de alumnos que hace 40 años, con la misma cantidad de profesores y con más edificios. O la Universidad Rey Juan Carlos, que tiene un déficit de 76 millones. Algo falla en su gestión y han de rendir cuentas. El dinero público se ha de gastar con mucho respeto, porque sale del trabajo y de los impuestos de mucha gente, que no puede orillar su tarea para apuntarse a una sinecura con complemento retributivo. 


domingo, 15 de febrero de 2026

¡A ver, chicos! No copiéis, que el vicerrector se enfada

La tentación de copiar es consustancial a la condición de estudiante. Es el modo canónico en el que se manifiesta la pereza en ese periodo vital o, quizá, la solución fácil cuando la gandulería y el desorden ganaron las batallas previas. ¿Quién no ha echado un vistazo a los exámenes aledaños, para descubrir —casi siempre— que los compañeros de fatigas estaban más perdidos que Amundsen y que sus incipientes respuestas iban encaminadas al abismo?

Contra las maniobras estudiantiles, ha de estar la profesionalidad del docente. Un buen examen, además de servir para instruir y evaluar, es herramienta de formación, que contribuye a forjar una vida organizada, en la que las prioridades están correctamente ordenadas a fin de sacar el mayor rendimiento al tiempo, un bien escaso por naturaleza. Un título académico, no sólo ha de ser garantía de conocimientos, sino también de disposiciones.

Entre el profesorado de la UAH se ha extendido la sospecha —nacida de evidencias— de que el copieteo va en aumento, tanto en cantidad como en sofisticación, muchas veces gracias a las últimas tecnologías. Trampas que van más allá de las pruebas de evaluación y proliferan en trabajos, prácticas y presentaciones. Mi propia experiencia lo avala: memorias de prácticas en las que la mayoría contiene idéntico y exótico error, aviso de una academia de que mis alumnos están ofreciendo dinero para que les resuelvan un trabajo, etc.

Ante esta situación, el vicerrector de estudios de grado, Jorge Pérez Serrano, ha salido al paso con una nota que no tiene desperdicio y que ilustra una vez más la decadencia de la institución cisneriana. Concretamente, nos pide que "cualquier acto fraudulento debe ser puesto en conocimiento del responsable del título y este decidir si se eleva a instancias superiores". Esto significa que la persecución del fraude en la UAH se convierte en una decisión discrecional, ya que pasa por la voluntad de un "responsable" en vez de estar regida por una norma.

La nota del doctor Pérez enlaza con la Ley 3/2022, de 24 de febrero, de convivencia universitaria, que establece sanciones ejemplares como la expulsión y la pérdida de derechos, pero cuyo rigor se ve mitigado por la eventual blandenguería del "responsable". Y aquí es donde está el hartazgo de muchos profesores, que perciben que no se hace nada.

La ocurrencia del vice es rogar que se incremente el número de vigilantes en las pruebas, a lo que inmediatamente nos asalta la pregunta de ¿para qué quiere más centinelas si, detectado el fraude, va a mirar para otro lado?

Cada problema requiere una solución a la altura de la coyuntura. Como ejemplo, reproduzco el conocido aviso de la biblioteca de la Universidad de Salamanca en tiempos de Francisco de Vitoria.

En aquellos momentos, los libros representaban un patrimonio precioso y escaso, y la sanción decretada por su enajenación estaba a la altura del bien que se quería preservar. La pena evidencia una voluntad inequívoca acerca del capital a proteger, más allá de que hoy en día nos suene jocoso y carezca de efecto disuasorio.

Si Jorge Pérez tuviera una voluntad decidida de cortar el fraude académico, no se andaría con paños calientes y advertiría sin rodeos con las penas establecidas en nuestras leyes, evitando la discrecionalidad tramposa de un juez intermedio. Lo demás es un "quiero y no quiero" que fomenta el dolo.

Por otra parte, tampoco ayuda mucho al fortalecimiento moral de la vida académica la laxitud con la que se evalúa en nuestros días. A esto cooperan dos fuerzas sumatorias: la presión para aprobar a todo hijo de vecino que ejercen nuestros gestores, y la desidia del docente, más preocupado por publicar articulitos para medrar que por enseñar.

Si los exámenes estuvieran bien confeccionados y fueran "de pensar" no habría tanto copieteo, pero como se han convertido en un remedo de la famosa consulta sobre la pigmentación del caballo blanco de Santiago, mero vómito de ejercicios tipo, regurgitación de conocimientos memorizados, pasa lo que pasa.

El deber de evaluar del profesor es sagrado y la mayor de sus responsabilidades, por encima, incluso, de la instrucción. Discriminar quien sabe y quien no sabe es un compromiso de trascendencia social del que un docente que se precie no puede abdicar, pues hacerlo es un fraude mayor que el que comete el alumno cuando copia.

La laxitud con la que se otorgan aprobados hace daño tanto a la sociedad como a los individuos. A la primera, porque iguala a todos por abajo escondiendo el conocimiento y la competencia reales. Y a los segundos, porque les engaña —haciéndoles creer que saben—, les ensoberbece —premiándoles con un mérito que no poseen— y les debilita —impidiéndoles abordar las tareas que les serían propias—.

Eso sí, a todo esto hemos llegado vistiéndolo de vocación docente, novedad metodológica y otras zarandajas: como aquel catedrático, felizmente jubilado, que evaluaba "mirando a los ojos" (sic), o la autoevaluación, un innovador oxímoron, pues evaluar es "valorar desde fuera" y hacerlo desde dentro, una contracción.



jueves, 5 de febrero de 2026

Priapo y los currículums académicos

Charlaba hace unos días con unos antiguos alumnos y vino a colación el desconocimiento actual de la mitología griega, con todo lo que tiene de pérdida cultural e incluso de referencia ética y emocional. Otro tanto sucede con la Historia Sagrada, cuyo conocimiento es un valor en sí mismo, para creyentes y no creyentes, la Historia —a secas, no la Memoria esa que nos quieren imponer—, los clásicos de la Literatura, etc.

Este empobrecimiento conduce, por ejemplo, a que un paseo por el Museo del Prado no deje la menor huella en la corteza cerebral de la mayoría de sus visitantes, y eso dando por imposible la impronta espiritual, afectiva o sensible, que muchos de los que por allí deambulan no son más que trozos de carne con ojos. Cuando esos mastuerzos contemplan a una bella figura femenina no son capaces de distinguir si se trata de Venus, la virtud de la prudencia, Dalila o la musa de la música. Se quedan en el virtuosismo técnico, pero no olvidemos que una cosa es ser buen pintor y otra un genio. La genialidad no la da el dominio del oficio, sino la capacidad de transmitir ideas o narrar acontecimientos en una imagen. Así, los colores, las formas, los animales o las posturas forman parte de un lenguaje que se está perdiendo poco a poco.

Y hablando de genialidad, tengo que recomendar vivamente la exposición temporal sobre Antonio Raphael Mengs que ha preparado el Museo del Prado. ¡Magnífica! Por la recopilación de obras mostradas y por su hilo argumental. Qué buena la anécdota del fresco que pintó, imitando a uno clásico, con el fin de dejar en evidencia la falsa erudición de un arqueólogo de la época. Algo así deberíamos hacer con nuestros catedráticos de promoción interna...

Pues bien, en el Olimpo reside un dios menor llamado Príapo, símbolo de la fecundidad, que se representa dotado de un enorme falo en perpetua erección. Aunque no son pocas las explicaciones de su deformidad, una de ellas se relaciona con un castigo impuesto como escarmiento a su rijosidad.

Fuere como fuere, la hipertrofia de este dios griego desata la misma hilaridad que los curricula de muchos "investigadores" de nuestros días, asiduos de paraninfos, congresos y saraos de entrega de galardones, aunque menos dados a pisar las aulas: cientos de artículos, comunicaciones a congresos, presidencias de comités, premios, etc. que les sirven de ornamento para ocultar su necedad. En fin, un priapismo enfermizo que evidencia la impostura de nuestra universidad.

Einstein —que era un genio como Mengs, aunque en otra disciplina— solamente publicó 25 artículos en toda su vida. Sin embargo, estos cretinos, ni aupándose en todos sus irrelevantes papers le llegarían a la suela del zapato. Sólo les queda la condena de cargar eternamente con su extravagancia.