¡Cómo está el patio político! No me sorprenden las miserias de unos y otros, pero sí la ausencia de consecuencias. Nos hemos acostumbrado a todo, y esto me parece más grave que la profunda deshonestidad que —presuntamente— inunda la vida pública. Recordemos aquella máxima de que "la mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo".
En España, el hecho de dimitir se ve como una deshonra, cuando debería percibirse como todo lo contrario. Recordemos el buen ejemplo del primer ministro portugués, António Luís Santos da Costa, que dimitió en 2023 tras un error de la Fiscalía lusa que le implicaba en una investigación por corrupción. Aunque todo se aclaró, él dejó su cargo inmediatamente.
En mi opinión, aferrarse al poder es un rasgo profundamente antidemocrático, se dé en las circunstancias en las que se dé. Siempre es bueno que "corra el aire" y se vean caras nuevas y, sobre todo, ideas nuevas. En este sentido, ya vimos en la entrada precedente por donde va el impulso de Carmelo en la UAH.
En fin, a pesar de todo, no voy a cambiar el tema previsto para mi entrada ya que quiero recomendar "Laberinto educativo y aprendizaje fake" de Ramón Espejo Romero publicado por Brief Editorial y cuya imagen de portada podéis ver a continuación.
Cuando me lo recomendaron en el departamento, y me explicaron que se trataba de un conjunto de entrevistas, me asaltó la impresión de que sería la típica "sopa de opiniones", tan de moda hoy en día, que pretende encontrar la verdad a partir de la estadística: esa "verdad sociológica" que poco tiene que ver —habitualmente— con la VERDAD. No obstante, una vez leído, tengo que rendirme ante el descomunal trabajo de Ramón, que ha hablado con decenas de actores del sistema educativo, viajando de acá para allá durante más de un año.
El texto no transcribe las conversaciones, sino que las glosa, enlazando los comentarios de unos entrevistados con otros cuando el autor lo cree necesario. Los testimonios se organizan en capítulos según categorías que permiten agrupar a los interlocutores por edad, función, etc. En mi edición eché en falta un índice onomástico, que muy posiblemente de haya añadido en posteriores reimpresiones.
En general, las opiniones se alinean con el diagnóstico de que la educación en España es un desastre —magníficamente sintetizado en el prólogo de Javier Orrico— al que se ha llegado por motivos ideológicos. Las recetas para revertir la situación son más amplias, aunque casi todo el mundo está de acuerdo en favorecer la transmisión del conocimiento por encima de las “competencias” y en que la innovación está bien, pero no es la solución: el profesor ha de ser libre para utilizar los métodos que crea conveniente.
A veces, se da la murga con el progresismo y el supuesto (véase la actualidad) deber moral de la izquierda en el cuidado de lo público. No creo que la defensa de la educación sea patrimonio ideológico de ninguna opción política y haríamos bien en sacar las (sucias) manos de la política de las cosas importantes. Por otra parte, en mi opinión, el abanico político actual es bien estrechito, ya que la obsesión por alagar al electorado ha terminado por decolorar las propuestas y reducir las opciones a una testimonial carta de grises, esto es, una colección de vacuidades miméticas, ayunas de fondo filosófico, pero sobradas de eslóganes.
Algunos de los entrevistados ponen el origen del desastre en las corrientes educativas de los años 60, que en España cristalizaron en la ley de educación Villar Palasí de 1970 (José Sánchez Tortosa en pág. 93), e incluso en la traición de la Iglesia Católica (Rafael Rodríguez Tapia en pág 60 e Inger Enkvist en pág. 64), lo cual suscribo, como ya he denunciado aquí alguna vez.
En educación se abusa de la palabra calidad, pero muchas veces se confunde con burocracia (Alfonso Castro en pág. 103), cuando debería medirse por objetivos (Elena Ortiz en pág 183). La verdadera calidad es ofrecer al alumno lo que necesita y no lo que quiere (José Luis Arroyo en pág. 183) y eso se consigue cuando el profesor domina la materia (Eduard Aibar en pág. 69).
El "laberinto educativo" trata la enseñanza superior de refilón, pero es elocuente la denuncia de que no se valora a los profesores universitarios por lo que enseñan, sino por el porcentaje de aprobados (Salvador Seguí Cosme y Amador Iranzo en pág. 159, y José Luis Arroyo en pág. 183), lo cual conduce a la extinción de los grados, muy en contra de lo que se pretendía. Una característica del medio universitario es que se critica en los pasillos, con los compañeros, en la cafetería, pero nunca en público. ¿Por qué será? ¡Ya es hora de clamar que el rey va desnudo!

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.