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domingo, 19 de enero de 2025

Cursilerías

La cursilería está de moda y el mundillo académico no iba a ser ajeno a esta forma de afectación. Seguro que habrán escuchado eso de que "formamos alumnos para profesiones que aún no existen". ¡Valiente chorrada! 

¡Pues claro! Siempre que llevamos a cabo una tarea con proyección de futuro, como, evidentemente, lo es la formación de los jóvenes, lo hacemos sin conocimiento del porvenir, pues no somos adivinos, ¡gracias a Dios!

Los cursis, que adornan su intervención en un acto con esta patochada, manifiestan, sin percatarse, su necedad e insolvencia. Como no saben qué decir, acuden a los lugares comunes de la impostada erudición.

Lo único cierto, si queremos formar bien a los chicos para profesiones conocidas o por inventar, es realizar una correcta identificación de objetivos académicos, que habrán de plasmarse en una planificación docente basada, necesariamente, en conocimientos actuales.

Hacinar asignaturas sin sentido o dejar que los alumnos "sean protagonistas" (otra cursilada) de su proceso de enseñanza-aprendizaje, no es más que justificar la indolencia de los (ir)responsables académicos, que abandonan a los estudiantes a su destino, mientras ellos viven del cuento.

Si queremos avanzar en el conocimiento, es indispensable saber lo que han hecho otros, para, desde ahí, seguir construyendo. Pretender ser perito de lo desconocido sin dominar lo conocido, es de cretinos o ilusos.

La cursilería tiene mucho de mentira, postureo y presunción. Enumero algunas de estas falsedades que tanto venden hoy en día:

  • cambiar la didáctica por la pedagogía: en lugar de ofrecer un hilo conductor al estudiante, para que sea capaz de comprender la materia, el profesor que no se la sabe, se centra en los métodos, tan innovadores como ineficaces, atribuyéndoles la gracia de infundir conocimiento por sí mismos
  • confundir burocratización con calidad: sin reparar en el cartesianismo que subyace, muchos piensan que los procedimientos (métodos) aseguran la calidad, cuando lo único que garantizan es el consumo de papel y de tiempo
  • sustituir el estudio por la investigación, y ésta por las publicaciones: después de la docencia, el primer deber del profesor es estudiar, pero muchos se dedican a "investigar" sin saberse la lección y terminan captando alumnos para que les hagan los artículos que publican, sin enseñarles nada
  • desertar de la tiza para emplearse en la gestión: la docencia, como cualquier tarea eminentemente antropológica, es fatigosa, pues nunca está garantizado el éxito completo y, por ello, muchos de estos cursis la abandonan para dedicarse a la burocracia, una manera de entretenerse, aparentando que se trabaja mucho en servicio a los demás
  • los profesores vocacionales: esos que proclaman su llamada, para terminar desertando de la tiza o justificar que no dan ni palo al agua


Los profesores vocacionales

Esta categoría de caradura merece una entrada por sí misma. Apelar a la vocación tiene ese algo de misticismo que siempre atrae al cursi. Evoca una llamada, una misión para la que, normalmente, el comendador otorga los medios. El que dice tener vocación, nos quiere convencer de que ha sido elegido y de que es bueno en lo suyo, pues ha recibido las gracias necesarias para acometer su elevado encargo.

No diré que no haya casos vocacionales, pero la mayor parte de los que se arrogan semejante distinción, son unos farsantes. Además de la vocación, hace falta trabajo, esfuerzo y continua preparación. Se puede haber recibido la llamada para la docencia, la investigación o la interpretación musical, pero si no se trabaja, lo normal es que se caiga en la chapuza.

Algunos de estos embaucadores son unos completos desertores de la tiza y unos vagos redomados, como aquel que en un Consejo de Departamento nos reveló que el auténtico profesor no necesita hacer exámenes, pues ve en los ojos del alumno si ha superado la materia.

Yo, con total sinceridad, me declaro profesor sin vocación.



sábado, 21 de noviembre de 2020

Sinecuras universitarias

El término sinecura viene del mundillo eclesiástico y hace referencia al trabajo de un clérigo sin atención de almas. Viene del latín: “sine”, sin y “cura”, atención (de almas). Se asume que exonerar a un sacerdote de la atención a las personas, que es el fin de su vocación, debe tener una causa proporcionada que lo justifique, pero la realidad es que a menudo estos empleos sin servicio religioso se convierten en chollos muy apetecibles.
Por eso, la Real Academia de la Lengua, lo define como “empleo o cargo retribuido que ocasiona poco o ningún trabajo”, haciéndolo extensivo al ámbito civil. Todos sabemos que este tipo de beneficios se dan con demasiada frecuencia en la cosa pública en forma de asesores, coordinadores, directores y toda esa fauna parasitaria que vive traficando enchufes por favores políticos. Con todo, el afán de bicocas civiles se puede entender como la natural inclinación del ser humano a vivir ventajosamente, mientras que las poltronas clericales me parece que chocan con la llamada vocacional del que se ha hecho cura para servir a los demás.
En el entorno universitario cada vez hay más sinecuras. Por un lado, la disminución de horas lectivas de los grados y la escasez de alumnos favorece un cierto excedente de mano de obra, y por otro, la necesidad de alimentar las urnas con votos amigos, están impulsando una proliferación de poltronas con justificaciones de lo más peregrino: “oficinas”, “unidades”, “institutos”, “centros de apoyo” que se encargan de la “diversidad”, “empleabilidad”, “internacionalización”, “innovación”, "ecologismo", etc. Gangas sin trascendencia que de vez en cuando molestan un poco a los demás solicitando u ofreciendo algo para que se note que existen.
Lo mejor de todo, es que los beneficiarios de las prebendas proclaman a los cuatro vientos su vocación docente, en un lamentable paralelismo con los curas que huyen de la atención a las almas. Es evidente que el fin de la universidad es enseñar pero todos estos amantes del momio y la bagatela evitan dar clase como quien escapa de la peste. ¡Algo falla!
Una institución que hace un uso abusivo de los medios que se le han proporcionado, esquivando su razón de ser, está más muerta que viva.

Sinecura universitaria


martes, 2 de mayo de 2017

Vocación docente y prevención de riesgos laborales

El pasado 28 de abril se celebró el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo auspiciado desde 2003 por la OIT (Organización Internacional del Trabajo) con el fin de promover la prevención de riesgos laborales.
La prevención de riesgos laborales engloba todas aquellas disciplinas y acciones destinadas a conseguir unas condiciones adecuadas de vida y de trabajo que eviten los accidentes y las enfermedades profesionales. Es decir, hoy en día no se trata sólo de producir sino de hacerlo en un entorno digno que evite los riesgos y fomente un estilo de vida saludable.
Pues bien, a veces pienso que el profesor es el único profesional al que la sociedad empuja a trabajar en unas condiciones inadecuadas sin ningún atisbo de remordimiento colectivo. Sobre el papel, el trabajo del profesor es enseñar pero en la práctica es muy habitual que no se le permita hacer esta labor ya que el ambiente en clase no es el adecuado: los alumnos no prestan atención, no se respeta la autoridad del profesor, no se hacen las tareas encomendadas, no se puede expulsar a un alumno díscolo, las familias no apoyan al profesor, los padres atacan al profesor por cualquier causa, etc.
Es evidente que las condiciones en las que desarrolla el trabajo del profesor no son las oportunas pero en lugar de fomentar que sí lo sean sucede todo lo contrario: se le exige al docente que cuente con dotes especiales para “motivar” a los alumnos, que consiga mantener el orden y el silencio en clase sin el debido respaldo de los padres de los chicos, que mande la cantidad de deberes suficiente para que hagan algo en casa sin “agobiarse” y sin “molestar” a sus progenitores... y todo ello sin autoritarismo, con talante dialogante y “enrollado”.
Todas esas dotes especiales (que no figuran entre los atributos esenciales del profesor) se envuelven en la hermosa exigencia de que el docente ha de tener “vocación”. Así, para nuestra sociedad, si quieres ser profesor has que tener vocación docente... que es tanto como decir, “tienes que hacer que mi hijo aprenda aunque yo no lo haya educado, ni le exija, ni le obligue a portarse bien”.
¡Vamos! Que ser profesor es algo así como ser cura o misionero. Pero eso es una falacia de dimensiones galácticas. Pongamos el caso de un cura como arquetipo de vida de servicio. Se supone que tiene vocación pero si cuando se dispone a celebrar misa encuentra que sus feligreses, en lugar de guardar un comportamiento digno, se dedican a hablar y a tirarse pelotitas hechas con estampas de santos, todos comprenderemos que dé por finalizado el servicio y desaloje el templo de maleducados.
En nuestra sociedad, tener vocación de profesor no es equivalente, entonces, a sentir la llamada a enseñar sino que es equivalente a que dejarse humillar y faltar al respeto aunque no te permitan enseñar nada.
Que nuestra educación va mal es un hecho incontestable. Que la causa está en una sociedad enferma creo que es bastante verosímil.