sábado, 13 de junio de 2020

La clase presencial

En las últimas entradas he defendido la superioridad de las clases presenciales frente a las “online” ya sea celebrando la carta de Luis Ramón Núñez Rivas ya sea compartiendo mis reflexiones con los alumnos. Mi tesis es que las clases “online” son un mal sucedáneo de las presenciales y que no deben considerarse un sustituto de éstas ni siquiera como mal menor. En todo caso, el verdadero sustituto debería ser un plan de lecturas, ejercicios y trabajos debidamente apoyado por tutorías personalizadas.
Soy consciente de que mi tesis no es compartida por la mayoría ya que muchos piensan que es igual asistir a una clase presencial que ver la retransmisión de la misma por Internet, tal y como sucede con un partido de fútbol, por ejemplo. Ahora bien, el verdadero aficionado sí que me dará la razón: no es lo mismo estar en un partido, una obra de teatro o una ópera en directo a ver su versión televisada. ¡Nada que ver!
Sea como fuere, los planes que están haciendo nuestros “gestores” van camino de fomentar el modelo telemático aprovechando que ya hemos “aprendido” a manejarlo: esto cuenta EL PAÍS y esto AS. Sorprende que en las aulas se imponga una separación de 1,5 metros entre alumnos si fuera de ellas no se va a cumplir esta restricción, como vemos ahora en nuestras calles. Sorprende que no haya restricciones en las cafeterías. Sorprende que haya que rotar por semanas alternado clases presenciales y clases retransmitidas. Sorprende que no se haya aceptado la razonable solicitud de los estudiantes de que los alumnos de primeros cursos reciban clases presenciales. Sorprenden muchas cosas…
En cualquier caso, voy a intentar argumentar mi posición dándole algunas vueltas al concepto de clase presencial y, para empezar, le voy a cambiar el nombre: clase magistral. Sí, la denostada por la neopedagogía clase magistral, que no significa que sea conducida con maestría sino que es relativa al maestro, es decir, al que enseña una ciencia, arte u oficio.
En la clase magistral el profesor explica una lección a los alumnos y, para que aquello funcione, tienen que darse dos condiciones previas: que haya uno que sabe, el profesor, y otros que quieren aprender, los alumnos. Esto es cierto incluso cuando los alumnos son pequeños, pues en ese caso son los padres los que ponen el fin (aprender).


La actitud activa del alumno se manifiesta en su interés, en su compostura, en sus preguntas pero, sobre todo, en tomar apuntes. De esto hablaré otro día, pero asistir a clase sin tomar apuntes es una pérdida de tiempo. Ya sé que la nueva pedagogía aboga por escuchar al profesor para “entenderle” pero tampoco en eso estoy de acuerdo. Habrá veces que se le entienda y otras que no pero tomar apuntes es esencial. A los profesores que quieren “ser escuchados” les aconsejaría que se buscaran otro tipo de audiencia: un amigo, una novia, un psiquiatra… Su función es mostrar un tema dentro de una materia, estableciendo sus relaciones, señalando los aspectos sobre los que los alumnos deben profundizar. No se trata de contar un truco o describir un procedimiento, eso es muy poco.
Hoy en día, parece que la clase magistral consiste en explicar lo que entra en el examen y así nos encontramos con la protesta del alumno indolente que clama: “profe, no lo entiendo”. Como si la misión del profesor fuera conseguir que el estudiante salga de clase entendiendo lo que le va a caer en el examen. De ahí al concepto de profesor que “ayuda” hay un paso: ¡El profesor ONG!
No. El profesor no "ayuda" porque si obra de esa manera elimina la responsabilidad del alumno que se convierte en sujeto pasivo, indolente, un lastre al que hay que buscar las cosquillas para que reaccione y aprenda. Pobre materia si salimos de clase con todo entendido. Hay que estudiar. Hay que leer ya que el conocimiento siempre se transmite por escrito. Hay que profundizar. No se trata de recopilar datos sino de formar la cabeza y eso es tarea individual.
En la clase magistral, el profesor es como un director de orquesta, que imprime su aíre a la interpretación, pero los que tocan son los músicos y si el director deja la batuta la música no cesa ya que todos tienen por escrito qué es lo que deben hacer. La misión del profesor es iluminar el camino pero no agotar el conocimiento. Por eso, cada maestro enseña de manera diferente.
Y para que la labor del profesor sea eficaz necesita de la interacción con sus estudiantes. De ahí que la videoconferencia no sirva ya que deja ciego al profesor. Dar clase es una especie de representación teatral, con sus emociones y originalidad en cada actuación. Eso solamente se consigue con la presencia: somos alma pero también cuerpo, materia. Necesitamos sentirnos. Lo más trascendente viene de la mano de lo más humano. Incluso para transmitir lo más racional necesitamos de relaciones.


Claro que muchas de las clases de hoy en día no son así. Profesores que no saben la materia ni la quieren saber y que se dedican a leer dispositivas, alumnos que no toman apuntes y que vienen mal preparados con el único objetivo de aprobar… En ese escenario, sí que la clase “online” sustituye a la presencial. Pero merced a su baja calidad. Si las clases virtuales fueran realmente útiles no habría universidades presenciales.
La influencia de la neopedagogía hace estragos. Para esta nueva pedagogía lo importante son los medios (las TIC) de manera que lo esencial no es saber la materia sino dominar las “nuevas tecnologías”. Hay una pléyade de profesores que no se saben la materia pero que brillan (o lo pretenden) mediante el uso efectista de vídeos, móviles, clases invertidas, “gamificación”, etc. Lo mejor de todo es que son ellos mismos los que aseguran que sus métodos funcionan mientras se niegan a que sus alumnos sean evaluados en pruebas externas.
Estos neopedagogos desprecian a los profesores de verdad, a los que honradamente se esfuerzan por dominar su área de conocimiento, y nos intentan convencer de que lo importante es la técnica de enseñanza y no el contenido. Por eso reniegan de la clase magistral y venden ciencia infusa cual charlatán de feria.
Termino con una cita del profesor Francisco Mora, experto en neurociencia: “La presencialidad del profesor seguirá siendo esencial en una buena enseñanza. Un gran profesor es aquel que deja huella utilizando toda y su entera personalidad humana ante los alumnos. Solo en presencia física ante el alumno se desenvuelve bien el gran profesor, aquel capaz de convertir cualquier cosa, incluso lo soso, en algo siempre interesante. En abrir los ojos de quien escucha. En que lo que dice cale, deje huella. Eso es la emoción con las que tiñe sus palabras y les da profundo sentido.”

He encontrado este interesante artículo de José Aguilar Jurado sobre la clase magistral que puede leerse aquí.

lunes, 8 de junio de 2020

Ecos del confinamiento

Tres meses llevamos entre confinamientos y “desescaladas” camino de la “nueva normalidad”. Obsérvese la importancia que le conceden nuestros políticos a usar palabrejas raras. ¿Por qué será? Miedo me da la normalidad “nueva”. Prefiero la normalidad de siempre. ¿Será que soy un reaccionario?
En este tiempo han pasado muchas cosas que me han llamado la atención. Aunque no sea la más importante, quería referirme ahora a la carta de Luis Ramón Núñez Rivas, Director de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales de la Universidad Politécnica de Madrid, fechada el 3 de abril pasado y que reproduzco a continuación.


Entiendo que la misiva iba dirigida a los miembros de la Escuela y que su difusión pública solamente de debió a intereses más bien ideológicos. Lo cierto es que durante unos días se armó un buen revuelo. Véase la información de EL ESPAÑOL, OKDIARIO, LA RAZÓN o EuropaPress.
No entraré en debates feministas ya que no veo por ningún sitio la ofensa en ese sentido. Por eso digo que parte del alboroto proviene de intereses ideológicos que nada tienen que ver con lo escrito.
Tampoco me parece relevante que Luis Ramón Núñez Rivas calificara al Ministro de Universidades, Manuel Castells, de pseudoministro. No en vano, tradicionalmente las universidades han estado incluidas en la cartera de educación o bien dentro de ciencia y tecnología. El hecho de que este gobierno cuente con una cartera específica de universidades se debe más a la necesidad de incluir en el gabinete a muchos ministros que a la relevancia de su gestión. La realidad es que las competencias están transferidas a las comunidades autónomas y el Estado tan sólo cuenta con una universidad, la UNED, que no parece muy contenta con los “ninguneos” del ministro.
Lo que sí me parece importante y encomiable es la defensa que hace el Director de la Escuela de Navales de la UPM de lo que debe ser una escuela seria y de calidad (de la de verdad, no de la que se lleva ahora basada en la burocracia): la enseñanza debe terminar de manera presencial y los exámenes han de ser presenciales “y si para ello es necesario prorrogar [el curso] hasta el 31 de diciembre, que se haga”.
Estoy de acuerdo con el planteamiento del Dr. Núñez Rivas: seriedad, calidad, rigor… presencialidad y si no se puede terminar ahora ya se terminará.
Lamentablemente, la riada nos ha llevado por delante en sentido contrario. Se nos ha obligado, sin estar preparados, a usar medios “online” para dar clase y para examinar. Y, para mayor escarnio, alabando nuestro esfuerzo con palabras tan grandilocuentes como falsas. Muchos de nuestros mandamases han visto el cielo abierto con esto de las clases “online”. Apoyados en esa nueva normalidad de la que hablan, lo que desean es gestionar estudios sin presencialidad. Salen más baratos, no requieren espacio físico, los medios pueden estar grabados y, total, si enseñar y que la gente aprenda ya da lo mismo. Lo único importante es regalar títulos y cobrar.
Las noticias sobre educación en época de confinamiento no pueden ser más desalentadoras: se podrá hacer la EBAU con suspensos o se presiona a los docentes para que aprueben a los alumnos son dos ejemplos de que han llegado las rebajas a la educación. Y no sólo es un mal patrio sino que de Italia llegaban noticias similares.
Decía una muchacha: “Siento que estoy siendo evaluada constantemente pero no estoy aprendiendo nada”. Paradigma de lo que es hoy nuestra educación: procedimiento sin alma.
Todo esto me parece muestra evidente de decadencia. La sociedad no valora el conocimiento por mucho que hable de ciencia y de I+D+i… y nuestros políticos menos.



miércoles, 15 de abril de 2020

A mis alumnos confinados por COVID-19

Estimados alumnos confinados por COVID-19:

La intranquilidad y angustia que experimentáis respecto a los procedimientos de evaluación es comprensible dada la falta de certezas que padecemos en estos días. Me gustaría subrayar que la zozobra no se sufre sólo por vuestro lado sino también por el lado del profesorado. No obstante, en vez de alentar las emociones negativas, es mucho más sano ver la situación como una oportunidad y planificarse el aprendizaje de la manera más cómoda y eficiente posible. Dado que disponemos de más tiempo, ya que nos estamos ahorrando los desplazamientos, vamos a dedicar ese tiempo adicional a preparar las asignaturas haciéndonos unos buenos apuntes y resolviendo los ejercicios propuestos. Si tenéis preparadas las asignaturas, ¿qué más da cómo se evalúen? Pensemos en aprender, no en aprobar.
Planteáis un panorama dantesco: gran variedad y cantidad de dificultades, falta de claridad ante los temas, imposibilidad de seguir la asignatura con los recursos disponibles en Internet, dudas imposibles de resolver por correo electrónico... Y proponéis una solución que viene a ser el Bálsamo de Fierabrás (léase el Quijote), que disolverá todas las dificultades como por ensalmo, a saber, los vídeos.
Los vídeos educativos se han convertido en la punta de lanza de la neopedagogía y se nos presentan como lo más próximo a la ciencia infusa. Esa ciencia que se adquiere sin esfuerzo, de ahí lo de infusa, concedida por arte de magia. Como en Matrix, ¿recordáis? Si hace falta, me puedo bajar al cerebro el manual de pilotaje del último ingenio volador. Se nos vende la idea con diferentes nombres: píldoras educativas, vídeo cápsulase-learning, etc. Y ha cundido la fe en ellos como puede cundir en la eficacia de un crecepelos revolucionario. La idea es evocadora pero nada más.
Siento desilusionaros, pero el conocimiento se formaliza y se transmite a través de la lectura y el trabajo intelectual. En la vida real, el gobierno es por escrito, los contratos son por escrito, las especificaciones de un proyecto son por escrito, los pliegos de condiciones son por escrito, los manuales son por escrito... y así todo. Hay que aprender a escribir bien y hay que adquirir la destreza de leer bien. El uso de vídeos para transmitir conocimiento, como ya os expliqué un día, es una vuelta a la Edad Media, una época en la que la gente normal no sabía ni leer ni escribir y tenía que aprender a través de las imágenes de los templos y las actuaciones de los trovadores. ¡Por favor! No vayamos para atrás.
Tenéis material abundante para preparar cada uno de los temas de la asignatura: una colección de diapositivas que representan el equivalente a la clase presencial, una documentación complementaria que equivale a la bibliografía, una colección de problemas y sus correspondientes soluciones. Además, las prácticas de laboratorio para las que contáis con las herramientas de desarrollo, las colecciones de dispositivas, las prácticas a realizar y las soluciones a las mismas.
No entiendo qué aporta la "clase telemática" o los "vídeos pregrabados". Tenéis las presentaciones para que las estudiéis cuando consideréis oportuno y os hagáis unos apuntes con ellas y la bibliografía complementaria. Y para las dudas, me tenéis a vuestra disposición en el correo electrónico, que en el presente estado de confinamiento es como estar de guardia las 24 horas del día.
Solamente en problemas resueltos creo que hay más de medio centenar. Editados de una manera clara, detallada y con ilustraciones. Una “currada” como diríais vosotros. Todo un arsenal de medios online con los que trabajar la materia. Y ahí está el secreto: en la palabra TRABAJAR. Hay que organizarse, leer las presentaciones y la documentación, confeccionar unos apuntes, intentar resolver los problemas, contrastar las soluciones... Es decir, ser sujetos activos del aprendizaje, porque sin esa disposición nada se puede conseguir, ni con clases presenciales ni sin ellas.
Vivimos unos días en los que es muy fácil caer en el temible "déficit de atención". Un síndrome derivado de la incertidumbre y del compulsivo deseo de consumir noticias. Os aconsejo esconder el móvil durante varias horas cada día porque este cacharro nos roba el tiempo y la vida: no podemos atender a todos los vídeos que nos mandan, ni ver todos los memes que recibimos. Las noticias son reiterativas y no aportan nada más que creciente incertidumbre. Poned un poco de orden y a ESTUDIAR. Y seguro que ese panorama dantesco que describís se transforma.
Convenceos, la ciencia infusa no existe. Es un concepto religioso que el propio libro del Génesis presenta como un don malogrado, que no se va a hacer realidad por muchos vídeos que veáis. Que nadie os engañe. No pongáis en los demás la responsabilidad que solamente a cada uno atañe.
Espero haber contribuido con mis reflexiones a que no perdamos de vista lo importante. Tranquilidad, calma, estudio, trabajo.
Saludos cordiales.

Vuestro profesor



martes, 24 de marzo de 2020

Cuarentena y enseñanza online

Estamos en cuarentena. ¿Quién nos lo iba a decir? Nosotros, que nos habíamos propuesto revertir el cambio climático, nos vemos obligados a confinarnos y aparcar rutinas y proyectos. ¡Ay! Nos creíamos tan poderosos y un “bichito” hace tambalear nuestro engreimiento.
Nos decían que nuestro sistema sanitario era el mejor del mundo y que todo estaba previsto. ¡Jaja! ¿Todo, todo…? Bueno. No todo. Es que esto no había pasado antes, nos dicen. ¡Ah! Ya. Tenemos previsto lo que ya ha pasado, vamos, que lo tenemos “postvisto” pero no previsto. Digo yo.
Mientras mueren a centenas cada día, los que aún estamos operativos teletrabajamos a destajo para mantener la enseñanza online. O eso pretenden nuestros líderes, empeñados en su petulancia.
Una imagen típica que evoca el término enseñanza es la del venerable sabio rodeado de atentos discípulos. Es decir, lo normal de la enseñanza es que sea presencial. De la misma forma que lo normal de una relación sentimental es que sea presencial… De hecho, la enseñanza no presencial siempre ha tenido adjetivo (enseñanza a distancia, enseñanza online) porque resulta evidente que no es lo mismo que la presencial.
El deseo de que lo virtual sustituya a lo real me parece que se encuadra en el moderno anhelo de autoconstrucción en el que resuena el “seréis como dioses” de Satanás en el Génesis. La idea de tocar un botón y disponer de un bien es muy atractiva y la costumbre de comprar por Internet nos ha hecho olvidar que no es un proceso sencillo. Al final, alguien te empaqueta el pedido, alguien te lo trae y alguien lo habrá tenido que fabricar… En estas dramáticas circunstancias comprobamos que no todo es ideal ya que ante la avalancha de solicitudes algunas empresas han cancelado el reparto a domicilio.
La enseñanza online tiene muchas facetas. No es lo mismo proponer la lectura de unos contenidos, ejercicios o prácticas que “dar clase” o evaluar. La evaluación siempre se ha hecho de manera presencial. Al menos si está en juego un título que valga para algo.
Lo de dar clase por videoconferencia o por youtube es un sucedáneo. Parece que es pero no es. Es una imagen de la enseñanza real pero no es real. Tal y como sucede en las películas, es una ficción. Lo que vemos en una película es una representación en dos dimensiones que nos cuenta, con más o menos acierto, una historia prescindiendo de la interacción. La historia es presa del sentido de la vista y del oído. Vemos y oímos lo que está grabado, sin más. En cambio, si la historia nos la dan por escrito, cada cual “ve” y “oye” escenas diferentes, abstrae y asciende a un universo propio. Esa información, modela, crea, se plasma en conocimientos. La lectura forma la inteligencia mientras que el vídeo excita las emociones.
La clase presencial está en otro plano, estimula la voluntad de los alumnos a buscar la verdad. La exposición del profesor señala el camino a seguir desvelando su ciencia al ritmo que precisen los discípulos, unas veces pausado otras exigente, en un ejercicio que solamente la experiencia y la interacción pueden hacer eficaces.
Las clases "enlatadas" de poco sirven. Suelen ser cuestiones triviales en las que pierdes 10 minutos para enterarte de algo que podías haber leído en 2. La estética acostumbra a ser atractiva pero el contenido no pasa muchas veces de la calificación de "truco", mera cuestión procedimental que poco aporta al verdadero conocimiento.
Llevemos la enseñanza online al extremo. Vamos a grabar nuestras clases y las repetimos cada curso hasta la jubilación mientras cobramos nuestro sueldo viviendo plácidamente. Yo contrataría un buen actor y un montador y ¡a vivir! Es absurdo, ¿no? El profesor habla a sus alumnos y los alumnos preguntan a su profesor y lo demás son sucedáneos. Y, en general, la gente no quiere sucedáneos.
Con todo, parece que la locura online se extiende más que el virus. Hasta el Papa y los obispos se han apuntado a las misas online. Me viene a la cabeza aquello que me enseñaron cuando era joven de que los sacramentos tienen (o tenían) materia y forma… ¿Dónde queda la materia por Internet? ¿Habrá que pensar una nueva teología online?
Lo cierto es que el pan online no alimenta. Creo que eso está claro.


domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Enseñanza católica?

No fue un abucheo, pero casi” asegura el diario ABC. Tal fue la airada reacción de los 2.000 asistentes al XV Congreso de Escuelas Católicas ante la intervención de Isabel Celaá, ministra de Educación y Formación Profesional. “La multitud –dice ABC– empezó a murmurar y a despegarse del asiento ante lo que acababa de escuchar”: un presunto ataque al derecho de los padres a elegir centro así como educación religiosa.
Puede que la ministra fuera a hacer méritos de cara al próximo gobierno de coalición o no. Ella sabrá. Lo que tengo claro es que los católicos enseñantes no pasarán de revolverse en el asiento y murmurar fingiéndose atacados. Unas notas de prensa. Unos correos electrónicos a sus “bases” mostrando indignación. Y ya. Salvo honrosas excepciones, los derechos de los padres les importan un comino. Lo que les importa es tener los colegios llenos, cobrar aunque estén concertados y seguir viviendo plácidamente.
¿Qué es la "enseñanza católica"? Algunas de las redes de colegios religiosos de España no tienen ni un religioso. Dejaron de tener vocaciones, se murieron los religiosos y ahora no hay nada. ¡Bueno! Sí hay algo. Un valiosísimo patrimonio inmobiliario. Y detrás de él una gestión profesional a cargo de fundaciones o sociedades mercantiles.
Pondré un ejemplo: los colegios marianistas. Más de una docena dependen de la Fundación Educación Marianista Domingo Lázaro. Funciona como una empresa. Lo “católico” es un adjetivo. Están asociados a la Editorial SM (de Santa María), fundada por los marianistas, pero que hoy en día es un negocio. De sus libros hay quien se queja de que no son muy católicos.
A principios de los 90, la Conferencia Episcopal Española creó la Fundación Educación Católica para dar cobertura a esos colegios cuya “marca” religiosa había desaparecido o estaba a punto de hacerlo. En 2004 había asumido 20 centros. Otros se convirtieron en sociedades mercantiles o fueron cedidos a otras congregaciones. “El gran reto –cito a FERE– sigue siendo el mantenimiento del carácter católico en los Centros, no sólo a nivel teórico sino real. En este sentido, se fomenta la formación pastoral de los profesores a través de los cursos organizados por las Congregaciones cedentes y se lleva a la práctica el Plan pastoral con numerosas actividades.” ¿Se puede decir que un centro es católico porque sus profesores sigan cursos de pastoral?
La hojarasca es abundante. Hay páginas web a manojos (escuelas católicas de Madrid, de Castilla y León, etc.), proyectos, programas, servicios... Y también están los que huyen del adjetivo “católico” pero se supone que lo son: los colegios del Opus Dei, una inmensa red polifacética ya que tiene centros que “sí son” del Opus Dei, otros que “parece que no son pero sí son”, otros que “solamente lo son un poquito”, etc... Ahí está la CECE y su presidente para explicarnos este lío.
Al acto de apertura del XV Congreso de Escuelas Católicas también asistió el Cardenal de Madrid, Carlos Osoro, que defendió que “una escuela es cristiana cuando acoge a todo el mundo como ser personal e imagen de Dios”. Sus palabras no provocaron murmullos. Eran las esperables y esperadas. Pero no sé, no me convencen como palabras “católicas”. Demasiada complacencia, demasiado bajo el listón. La educación en España no va bien (por no decir que es un desastre) y hay más de un millón de alumnos en centros “católicos”. ¿Qué parte de ese “no va bien” asume la escuela católica?
Cuando yo era pequeño nos decían que no había que tomar el nombre de Dios en vano, que era pecado. Ahora ya no se dice eso. Ahora está de moda el pecado ecológico. Pero yo me pregunto, ¿podría ser que el calificativo “católico” fuera tomar el nombre de Dios en vano?

enseñanza católica


viernes, 1 de noviembre de 2019

Simonía universitaria

Dice el Diccionario de la lengua española que simonía es la “compra o venta de de cosas espirituales, como los sacramentos y sacramentales, o temporales inseparablemente anejas a las espirituales, como las prebendas y beneficios eclesiásticos”. En esta entrada yo me refiero a la venta de títulos universitarios.
Algunos dirán que no se venden, que se regalan, que la falta de exigencia es tal que basta con matricularte para salir con un título debajo del brazo y que, además, lo que se paga, por mucho que se quejen algunos, es una mínima parte del coste real. Visto así puede parecer que la universidad está de rebajas pero no es así, lo cierto es que hay simonía. Me explicaré.
La falta de exigencia y el reparto de títulos a cambio de unas tasas irrisorias (que pagamos todos los contribuyentes a alumnos pobres, ricos y muy ricos) sirve para que proliferen castas de profesores que no dan ni palo al agua disfrutando de puestos de responsabilidad, descargas docentes, exenciones académicas, “pastoreo” de becarios y otros derechos de pernada que les permiten gozar de privilegios y, muchas veces, auparse a otros estamentos sociales. Hace poco hablé de los catedráticos de optativas como ejemplo de lo que digo. Así pues, que no se enseñe y que no se exija no es producto de la indolencia sino fruto del deseo de llenar las aulas para justificar cargos, prebendas y beneficios. Digámoslo claro: los alumnos son mercancía.
La Universidad parece haber abdicado de su venerable función de certificación, es decir, garantizar con rigor ante la sociedad quién sabe y quién no sabe. Deber que está por encima incluso del de enseñar y que en la Universidad Pública debería ser sagrado si se han de salvaguardar los principios democráticos de igualdad y mérito.
La disolución de la función certificadora tiene su origen en la falta de calidad del sistema en general, más preocupado por “investigar” que por enseñar, pero también en la presión que ejerce la casta dirigente para que se apruebe a los alumnos y “siga la fiesta” pues si las aulas se vacían se acaba el chollo.
El título de la entrada no es original. Lo he leído en un artículo del periodista Pedro de Tena al que sigo con gusto ya que no solamente escribe sobre actualidad sino que nos brinda interesantes comentarios sobre literatura, filosofía, etc. Hace unos días recomendaba un libro que narra la barbaridad institucional que asoló la vida del catedrático manchego Agapito Maestre: “El escándalo Maestre. Política y Universidad” de Fernando Muñoz Martínez.
Copio del epílogo del filósofo Carlos Díaz: "Cada día salen a la luz más y más indecentes indignidades, ha reventado el odre de la Universidad. Los máster se regalan o se compravenden, las Universidades patitos premian a sus clientes, y los títulos valen una mierda pinchá en un palo. Compraventa de lo sagrado, simonía. Ni Aristóteles aprobaría una adjuntía en este sistema nepótico. Las cátedras se heredan, los cargos se subastan, que llueva que llueva, la virgen de la cueva".
Termino. Hemos llegado a esta podredumbre no tanto por la acción perversa de los malos como por la cobardía, omisión y silencio de los buenos. Si la Universidad española es cobijo de masones, asilo de amiguetes y nido de tontos no es por culpa de estos sino por la tibieza de aquellos. Pero de esto escribiré otro día.


lunes, 21 de octubre de 2019

Articulitis

Mi padre suele guardarnos recortes de periódico que tienen relación con las disciplinas o los intereses que cultivamos cada cual. Así Bea se encuentra con artículos sobre construcción naval, Rocío acerca de sumillería, Nieves sobre tipografía y yo no me pierdo cumplida información de los últimos premios Nobel de Física.
Leía, pues, el suplemento de ciencia en cuya portada sonreían los premiados físicos y, ya puestos, me tragué la propaganda de relleno que pagan algunos grupos de investigación patrios para presumir. Varias veces me han ofrecido hueco en esas páginas a tanto la palabra pero he rehusado la “generosa” invitación pues no tengo ni dinero ni nada de qué presumir.
La cosa es que me topé con un director de grupo de investigación que proclamaba ufano ser autor de más de 250 artículos de investigación publicados en revistas internacionales indexadas. ¡Qué machote! Si hubiera trabajado 50 años saldría a 5 artículos por año... Sencillamente imposible para una única persona. Albert Einstein publicó 5 en 1905, su annus mirabilis, y nunca más repitió semejante gesta.
Para los legos en la materia explicaré que hoy en día la carrera de un profesor universitario depende íntegramente de que publique artículos de investigación en revistas indexadas, es decir, en revistas de alta calidad y acceso mundial. Esto significa, evidentemente, que la docencia no importa casi nada, es más, se percibe como una pérdida de tiempo. Si nos quejamos del nivel de nuestra universidad aquí encontraremos una causa.
¿Por qué se valora solamente la publicación de artículos? No creo que la explicación sea sencilla pero en mi opinión hemos llegado a este punto de la mano de dos errores conceptuales. El primero es considerar que lo cuantificable es lo único objetivo. El corolario es inmediato: a más artículos más investigación y de ahí, en otra falsa pirueta intelectual, concluimos que a más investigación más calidad educativa. Expresado así creo que resulta palmaria la trampa: lo importante no es la cantidad de artículos sino qué dicen esos artículos. Así lo ve la Justicia, que hace poco más de un año en el Tribunal Supremo sentenciaba que hay que “leer los trabajos para acreditar los méritos de investigación en la Universidad”, es decir, que no vale con contabilizarlos.
Ahora bien, ¿quién se va a leer los trabajos de más de 100.000 profesores universitarios? O mejor, ¿quién está en disposición de evaluar su mérito? Y aquí es dónde opera el segundo error que consiste en establecer la competencia como mecanismo para poner de manifiesto la calidad a imagen de lo que hace el mercurio agregando las pepitas de oro. Se somete a los artículos a la revisión de “árbitros” internacionales expertos en la materia y se concede dinero para elaborar esos trabajos al que pueda acreditar capacidad de publicarlos... y, poco a poco, se tejen madejas de intereses, guetos en los que prosperan unos pocos. Aparecen señores feudales que dirigen grupos numerosos y firman todo lo que se publica, cual derecho de pernada. Se crean revistas donde publican los amiguetes y, en definitiva, lo de la competencia se queda en un bonito decorado. Además de matar la originalidad porque se termina trabajando sólo dónde es “rentable”.
Las sucesivas leyes universitarias han sometido al sistema a una especie de campo magnético que desvía a sus actores de su fin natural que es la búsqueda de la verdad y la docencia atrayéndoles al polo de la publicación de artículos. Los políticos han conseguido que seamos una potencia mundial en cantidad de artículos científicos pero nuestra universidad no enseña... Algo falla.
Einstein publicó unos 25 artículos en toda su vida. Hoy no conseguiría plaza en la universidad española.

revistas

Acerca de la sentencia de Tribunal Supremo referida más arriba, sugiero leer la opinión de Miguel Ángel Aníbarro aquí.